Se cumplió, sin pena ni gloria, un año de la última publicación en este blog. La vejez nos come las células de una manera sutil: conserva idéntico su DNA a la luz de los más sofisticados microscopios, pero las torna más lentas, más desconfiadas, mas conservadoras. Ya no hablamos tanto con nuestros amigos porque preocupan cada vez más las cuestiones cotidianas, y porque nuestras hormonas parecen estar amoldadas para que primen esas preocupaciones.
Por qué no usar el tiempo para seguir de cerca la vida del amigo que vive un poco más lejos (chat, skype, blog, todo está a disposición). Por la misma razón, seguramente, por la que tampoco vemos tanto a quienes están cerquita, a un bondi -que ahora hicimos auto- de distancia. Por la misma razón que cuando vienen de visita ya no nos quedamos toda la noche despiertos hasta que el sol, paradojicamente, sea el que nos mande a dormir.
Y así van pasando los años... uno más uno termina dando un montón.
alfajor en falta: un blog pensado para hacer de la distancia algo virtual.
29 de noviembre de 2011
27 de noviembre de 2010
Un millón de amigos
Yo no quiero un millón.
Con los que quiero -por no decir "tengo" que suena demasiado posesivo- me basta. Pero... ¿Cómo vivir sin ellos cerca, en otra ciudad, verlos desde lejos y viviendo nuestras vidas de a pedazos cada vez que nos vemos? Que por cierto, cuando nos vemos no siento que haya pasado el tiempo, y eso me alegra.
Alguien me pregunta: ¿tenés amigos allá, en Madrid? Respiro hondo, resoplo y digo: Si.
No es lo mismo. No digo que a los de acá no los quiera. No digo que solo quiero estar con mis amigos de allá. No digo que no pueda hacer amigos. No digo que esto sea consciente. Solo digo... qué digo? Qué pienso? Mejor... qué siento?
Siento que acá los amigos son diferentes, las relaciones se viven diferente, los mimos escasean, los mates, también diferentes. Las casas son "espacios" privados y no son "de todos los amigos", las fiestas son para mucha gente conocida y no para una tarde de 6 amigos con facturas y TEG. Odio el TEG, pero ¿soy yo la diferente?
No quiero un millón de conocidos. Tal vez crecer sea parte de esto y no la geografía.
Con los que quiero -por no decir "tengo" que suena demasiado posesivo- me basta. Pero... ¿Cómo vivir sin ellos cerca, en otra ciudad, verlos desde lejos y viviendo nuestras vidas de a pedazos cada vez que nos vemos? Que por cierto, cuando nos vemos no siento que haya pasado el tiempo, y eso me alegra.
Alguien me pregunta: ¿tenés amigos allá, en Madrid? Respiro hondo, resoplo y digo: Si.
No es lo mismo. No digo que a los de acá no los quiera. No digo que solo quiero estar con mis amigos de allá. No digo que no pueda hacer amigos. No digo que esto sea consciente. Solo digo... qué digo? Qué pienso? Mejor... qué siento?
Siento que acá los amigos son diferentes, las relaciones se viven diferente, los mimos escasean, los mates, también diferentes. Las casas son "espacios" privados y no son "de todos los amigos", las fiestas son para mucha gente conocida y no para una tarde de 6 amigos con facturas y TEG. Odio el TEG, pero ¿soy yo la diferente?
No quiero un millón de conocidos. Tal vez crecer sea parte de esto y no la geografía.
1 de septiembre de 2010
Dutchess County Fair
Y si, reincidimos! Esta vez manejé como una hora y media una tarde de domingo de excesivo calor.
Llegamos a un lugar mucho más grande que el anterior, y mucho mejor preparado. No hubo demolition derby (buuuuh) pero hubo rodeo! Si! tipos con sombrero de cowboy subidos a toros enojados! Una más que podemos tachar de la lista :D
La tarde la pasamos entre la segunda etapa de nuestro estudio antropológico iniciado en el condado de Saratoga y un ejercicio de la nueva pasión de multitudes: fotografía.
Muéstranse a continuación algunas fotos del día, agrupadas como "gente", "luces", "divertimentos" y "rodeo". Disfruten, si les parece conveniente:
Llegamos a un lugar mucho más grande que el anterior, y mucho mejor preparado. No hubo demolition derby (buuuuh) pero hubo rodeo! Si! tipos con sombrero de cowboy subidos a toros enojados! Una más que podemos tachar de la lista :D
La tarde la pasamos entre la segunda etapa de nuestro estudio antropológico iniciado en el condado de Saratoga y un ejercicio de la nueva pasión de multitudes: fotografía.
Muéstranse a continuación algunas fotos del día, agrupadas como "gente", "luces", "divertimentos" y "rodeo". Disfruten, si les parece conveniente:
![]() |
| Dutchess Count Fair - Luces |
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| Dutchess Count Fair - Gente |
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| Dutchess Count Fair - Divertimentos |
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| Dutchess County Fair - Rodeo |
21 de agosto de 2010
Fotos
Querida gente: finalmente, y luego de mucho desearlo, nos compramos una cámara de fotos como la gente. Y anduve sacando algunas fotos por ahí. Todas estas fotos tienen entre dos y diez días. Apreciaría opiniones, ya que entre autores y lectores (si queda alguno) hay más de un profesional del rubro. Encuadres, colores, exposiciones, focos, ustedes dirán.
Edit: Las fotos son links a mas o menos 40 fotos en total.
Ciudadanas. Algunos pedacitos de la vida urbana.

Industria. Fotos en Troy, NY y en el puerto de Albany, NY.

Olvido. Ya nadie piensa en estas cosas, pero igual siguen ahí.

Personajes. Esos personajes con los que uno se encuentra por ahí.
Edit: Las fotos son links a mas o menos 40 fotos en total.
Ciudadanas. Algunos pedacitos de la vida urbana.

Industria. Fotos en Troy, NY y en el puerto de Albany, NY.

Olvido. Ya nadie piensa en estas cosas, pero igual siguen ahí.

Personajes. Esos personajes con los que uno se encuentra por ahí.
Close encounters of the exotic kind
Quizás no debería haber dejado pasar tanto tiempo. Tres semanas es demasiado. Las sensaciones no son frescas, el shock ya pasó. Ahora lo que pueda describir será la imagen a través del filtro inevitable del análisis crítico. No es necesariamente algo malo, pero le va a faltar ese asombro, esa mirada atónita de quien ha sido completamente superado.
Todo comenzó en un festejo de cumpleaños. Un restaurant a la vera de un lago. Una cena en un deck del lado incorrecto de la ruta, pero aún así con vista al dichoso lago. De la cena no hay mucho para contar en este momento, una reunión amena, una comida aceptable, etc. Lo importante de la noche fue un folleto. Un papel amarillo, doblado en tres, en el cual podían leerse en letras rojas y azules (en qué otros colores irían a escribir algo por acá) “The Saratoga County Fair”. Nada que llame realmente la atención de Bibi, una feria de pueblo, si no fuera que un poquito más abajo se leía “Close Encounters of the Exotic Kind”. Claramente, el folleto estaba pidiendo a gritos ser leído. Sonrisa cínica mediante, Bibi se puso a leérmelo.
Brian Ruth es un Master of the Chain Saw. Rosaire hace carreras de cerdos. Sylvia Markson es ventrílocua. Esto se ponía interesante, pero al día siguiente, un domingo, era el último día de la feria. No necesitamos de mucho convencimiento mutuo para decidirnos a presenciar el evento.
Al mediodía siguiente, entonces, agarramos la cámara de fotos y manejamos una media hora para llegar a la feria. Ya estábamos sobre aviso: es la diversión red neck. Y no nos habían mentido! El estacionamiento era un barrial lleno de camionetas tan grandes que nuestro civic parecía del tamaño de una zanellita y familias de obesos mórbidos pululaban entre los autos a los gritos.
Entramos, aún, sin saber a qué. Dimos una vuelta a lo que nos pareció un mundo paralelo, una subrealidad que rayaba lo grotesco y que encontramos hilarante. Encontré que las papas fritas las vendían en baldecitos, ya no platos o conos. Y compré uno, claro, no vaya a ser que algún xenófobo nos viera sin las papas fritas y se diera cuenta que no habíamos votado por McCain y Palin en 2008...Y vimos en el programa que nos dieron a la entrada que Brian empezaba en ese momento, así que para ahí enfilamos. Resulta que el Master of the Chain Saw es un artista, un maestro de la motosierra! Agarra pedazos de madera y los va cortando con distintas motosierras de variados calibres dando formas de águilas, jirafas y vaya uno a recordar qué más. Sus esculturas como se imaginarán tienen una expresión, una profundidad, una belleza tal que compiten hasta con los gatos dorados que mueven la mano en el barrio chino. No le voy a negar la habilidad al muchacho: que es hábil, es hábil. Ahora, si me preguntan por qué hace algo así, ya la respuesta se me hace bastante más difícil de encontrar...
Cuando ya nos dolía la vergüenza de seguir mirando, buscamos nuevos rumbos. ¿Y qué mejor que enfilar para el escenario donde se desarrollaba la competición de talentos locales? Mis disculpas si sigo intercalando preguntas, pero: ¿ustedes creían que el tap era ese baile raro con el fin de hacer ruido con los pies, y que sólo era posible observar en algunas películas muy viejas? Yo sí, y no podía estar más equivocado. Es cierto, es ese baile raro cuyo objetivo es hacer ruido con los pies; pero es mucho más fácil de observar, lamentablemente. En los diez minutos que nos la pasamos frente al escenario (y tengo pruebas fehacientes del hecho), tres grupos distintos de nenas de entre ocho y doce años, vestidas como prostitutas de Constitución, bailaron cualquier tipo de música, haciendo descoordinadamente ruido con las suelas metálicas de sus calzados. El primer grupo fue triste; el segundo, ya era irritante; el tercero daba ya demasiada vergüenza ajena, no por las nenas, sino por los padres que las enviaron ahí a hacer tamaño ridículo. Un ridículo encima tan poco original. Luego una chica de unos quince años se puso a cantar, notablemente bien para lo que venía viendo. Espero que haya ganado, aunque realmente lo dudo. Cuando ya nos estábamos yendo, dos chicas se pusieron a hacer pasos de ballet, saltitos incluídos. Claro, eso no sería nada terrible si no fuera por el tremendo sobrepeso que ambas tenían. La imagen era tan triste que ni se me ocurrió filmarlas. Una pena, tenía la pasta para ser un video viral en youtube.
En otro momento quizás hablaré finalmente de los encuentros cercanos, que terminó siendo un circo con dos tigres y un león (que parece que cumplían el rol de “exóticos”), o de la señora que vendía ollas. Si, de ella me voy a ocupar algún otro día; me la pasé pensando en ella, pero prefiero disecar el asunto por separado. Pasamos por los típicos juegos de feria en los que uno nunca gana nada, y también había vacas, cabras y otros animales de granjas, había un sitio para rezar un ratito si querías, un barbudo con un kilt, vaya uno a saber por qué, el wildlife museum que no era otra cosa que cabezas de animales de caza embalsamados, en fin, un sinnúmero de atracciones. Pero el momento de la atracción mayor se acercaba, y decidimos hacernos de unos buenos lugares temprano. Acopiamos comida chatarra y enfilamos para el Demolition Derby.
Que ustedes, al igual que nosotros hasta hace tres semanas, no tendrán la más mínima idea de qué se trata. Alguna vez habrán escuchado decir, o habrán dicho, directamente, que en el país del norte se despilfarran los recursos, ¿no? Bueno, este es uno de los mejores ejemplos. Imagínense un circo romano, con Nerón regalando al pueblo una lucha de gladiadores y repartiendo panes a la tribuna. Eso es exactamente el Demolition Derby. Sólo que los gladiadiores no usan espadas, lanzas y redes: usan autos. Se sube cada uno a un auto, y se entran a dar masa entre ellos, hasta que sólo un auto siga andando. Si, les juro que no les estoy mintiendo. La diversión es ver autos chocar. Todos contra todos, hasta que estén tan destruídos que ya no los pueden hacer andar. Hasta tienen un tractor para llevarse el resto de los autos al final. Y la plebe gritando Uhhh! Ohhhh! Ahhhh! con cada tortazo. Y comiendo, y bebiendo, claro. Nadie tira los panes ahora, pero están los puestitos a la salida. Una versión un poco más moderna y bastante más mercantilista de lo mismo. ¿Para qué regalar el pan si se pueden privatizar los puestitos de venta???
Ya al final, y casi sin fuerzas para seguir, presenciamos las carreras de cerdos. Porque se ve que la gente las encuentra interesantes. O divertidas. O algo. Nosotros, por lo pronto, nos seguíamos preguntanto “¿por qué?” “¿por qué?”
Todo comenzó en un festejo de cumpleaños. Un restaurant a la vera de un lago. Una cena en un deck del lado incorrecto de la ruta, pero aún así con vista al dichoso lago. De la cena no hay mucho para contar en este momento, una reunión amena, una comida aceptable, etc. Lo importante de la noche fue un folleto. Un papel amarillo, doblado en tres, en el cual podían leerse en letras rojas y azules (en qué otros colores irían a escribir algo por acá) “The Saratoga County Fair”. Nada que llame realmente la atención de Bibi, una feria de pueblo, si no fuera que un poquito más abajo se leía “Close Encounters of the Exotic Kind”. Claramente, el folleto estaba pidiendo a gritos ser leído. Sonrisa cínica mediante, Bibi se puso a leérmelo.
Brian Ruth es un Master of the Chain Saw. Rosaire hace carreras de cerdos. Sylvia Markson es ventrílocua. Esto se ponía interesante, pero al día siguiente, un domingo, era el último día de la feria. No necesitamos de mucho convencimiento mutuo para decidirnos a presenciar el evento.
Al mediodía siguiente, entonces, agarramos la cámara de fotos y manejamos una media hora para llegar a la feria. Ya estábamos sobre aviso: es la diversión red neck. Y no nos habían mentido! El estacionamiento era un barrial lleno de camionetas tan grandes que nuestro civic parecía del tamaño de una zanellita y familias de obesos mórbidos pululaban entre los autos a los gritos.
Entramos, aún, sin saber a qué. Dimos una vuelta a lo que nos pareció un mundo paralelo, una subrealidad que rayaba lo grotesco y que encontramos hilarante. Encontré que las papas fritas las vendían en baldecitos, ya no platos o conos. Y compré uno, claro, no vaya a ser que algún xenófobo nos viera sin las papas fritas y se diera cuenta que no habíamos votado por McCain y Palin en 2008...Y vimos en el programa que nos dieron a la entrada que Brian empezaba en ese momento, así que para ahí enfilamos. Resulta que el Master of the Chain Saw es un artista, un maestro de la motosierra! Agarra pedazos de madera y los va cortando con distintas motosierras de variados calibres dando formas de águilas, jirafas y vaya uno a recordar qué más. Sus esculturas como se imaginarán tienen una expresión, una profundidad, una belleza tal que compiten hasta con los gatos dorados que mueven la mano en el barrio chino. No le voy a negar la habilidad al muchacho: que es hábil, es hábil. Ahora, si me preguntan por qué hace algo así, ya la respuesta se me hace bastante más difícil de encontrar...
Cuando ya nos dolía la vergüenza de seguir mirando, buscamos nuevos rumbos. ¿Y qué mejor que enfilar para el escenario donde se desarrollaba la competición de talentos locales? Mis disculpas si sigo intercalando preguntas, pero: ¿ustedes creían que el tap era ese baile raro con el fin de hacer ruido con los pies, y que sólo era posible observar en algunas películas muy viejas? Yo sí, y no podía estar más equivocado. Es cierto, es ese baile raro cuyo objetivo es hacer ruido con los pies; pero es mucho más fácil de observar, lamentablemente. En los diez minutos que nos la pasamos frente al escenario (y tengo pruebas fehacientes del hecho), tres grupos distintos de nenas de entre ocho y doce años, vestidas como prostitutas de Constitución, bailaron cualquier tipo de música, haciendo descoordinadamente ruido con las suelas metálicas de sus calzados. El primer grupo fue triste; el segundo, ya era irritante; el tercero daba ya demasiada vergüenza ajena, no por las nenas, sino por los padres que las enviaron ahí a hacer tamaño ridículo. Un ridículo encima tan poco original. Luego una chica de unos quince años se puso a cantar, notablemente bien para lo que venía viendo. Espero que haya ganado, aunque realmente lo dudo. Cuando ya nos estábamos yendo, dos chicas se pusieron a hacer pasos de ballet, saltitos incluídos. Claro, eso no sería nada terrible si no fuera por el tremendo sobrepeso que ambas tenían. La imagen era tan triste que ni se me ocurrió filmarlas. Una pena, tenía la pasta para ser un video viral en youtube.
En otro momento quizás hablaré finalmente de los encuentros cercanos, que terminó siendo un circo con dos tigres y un león (que parece que cumplían el rol de “exóticos”), o de la señora que vendía ollas. Si, de ella me voy a ocupar algún otro día; me la pasé pensando en ella, pero prefiero disecar el asunto por separado. Pasamos por los típicos juegos de feria en los que uno nunca gana nada, y también había vacas, cabras y otros animales de granjas, había un sitio para rezar un ratito si querías, un barbudo con un kilt, vaya uno a saber por qué, el wildlife museum que no era otra cosa que cabezas de animales de caza embalsamados, en fin, un sinnúmero de atracciones. Pero el momento de la atracción mayor se acercaba, y decidimos hacernos de unos buenos lugares temprano. Acopiamos comida chatarra y enfilamos para el Demolition Derby.
Que ustedes, al igual que nosotros hasta hace tres semanas, no tendrán la más mínima idea de qué se trata. Alguna vez habrán escuchado decir, o habrán dicho, directamente, que en el país del norte se despilfarran los recursos, ¿no? Bueno, este es uno de los mejores ejemplos. Imagínense un circo romano, con Nerón regalando al pueblo una lucha de gladiadores y repartiendo panes a la tribuna. Eso es exactamente el Demolition Derby. Sólo que los gladiadiores no usan espadas, lanzas y redes: usan autos. Se sube cada uno a un auto, y se entran a dar masa entre ellos, hasta que sólo un auto siga andando. Si, les juro que no les estoy mintiendo. La diversión es ver autos chocar. Todos contra todos, hasta que estén tan destruídos que ya no los pueden hacer andar. Hasta tienen un tractor para llevarse el resto de los autos al final. Y la plebe gritando Uhhh! Ohhhh! Ahhhh! con cada tortazo. Y comiendo, y bebiendo, claro. Nadie tira los panes ahora, pero están los puestitos a la salida. Una versión un poco más moderna y bastante más mercantilista de lo mismo. ¿Para qué regalar el pan si se pueden privatizar los puestitos de venta???
Ya al final, y casi sin fuerzas para seguir, presenciamos las carreras de cerdos. Porque se ve que la gente las encuentra interesantes. O divertidas. O algo. Nosotros, por lo pronto, nos seguíamos preguntanto “¿por qué?” “¿por qué?”
18 de febrero de 2010
Borgia Café
Ale, a ud. le hablo: si va pa NYC recale en el Borgia Café. Se comenta que ahí no añorará tazas de loza, lo dice un amigo en un blog de título extenso: lassemanasterminanlosmartes.blogspot.com
Borgia Café
Ale, a ud. le hablo: si va pa NYC recale en el Borgia Café. Se comenta que ahí no añorará tazas de loza, lo dice un amigo en un blog de título extenso: lassemanasterminanlosmartes.blogspot.com
Borgia Café
Ale, a ud. le hablo: si va pa NYC recale en el Borgia Café. Se comenta que ahí no añorará tazas de loza, lo dice un amigo en un blog de título extenso: lassemanasterminanlosmartes.blogspot.com
16 de febrero de 2010
Comentarios Junk en nuestro blog?
31 de enero de 2010
Como para ir entendiendo un poquito. O no.
Les dejo un link que prueba que hasta algunos gringos tienen sus shocks culturales en USA mismo. Algunas de las imágenes son imperdibles. Además, una vez que leés el link no podés dejar de entrar...
http://whatwaswrongwithus.com/
http://whatwaswrongwithus.com/
17 de enero de 2010
De jugos y cafés
Hoy recordaba ese post acerca de los vasitos de papel. Y me acordaba justamente muy cerca de aquel pueblito en donde generé mi teoría.
Pero esta vez no hay teoría.
Resulta que estaba haciendo un poco de tiempo en un museo (Mass MoCA, por si a alguno le interesa) ya que Bibi y su mamá habían entrado a ver las exposiciones. Dos motivos hicieron que me quedara afuera: un importante dolor de cabeza, y que ya había visto la gran mayoría de lo que estaba en exposición. Suficiente.
Voy al barcito del museo, que en realidad son mesas puestas en un área del lobby (todo el museo es una gran fábrica reciclada, por lo que las áreas son grandes y encima hay varios pabellones). Nadie te va a venir a atender, eso casi no existe, al menos si querés un café. Tenés que ir vos al mostrador y pedírtelo. Ahí noté, con gran sorpresa, que vendían jugos exprimidos. Realmente EXPRIMIDOS! Es la primera vez en casi cinco años que estoy por acá que veo a alguien exprimiendo una naranja. Yo ya pensaba que era un arte perdido. Por supuesto, me pedí uno. Era chiquito, pero también barato, así que no me quejo. En vasito de plástico, por supuesto.
Además, me quería pedir un café. No sé si conté en el otro post que acá al expreso (perdón, 'eSpresso', si no no te entienden) lo hacen muy concentrado, casi casi un ristretto. Demasiado, para mi gusto. Al principio, traté de hacerle entender a la gente ('barista', perdón de nuevo, cómo se nota que no estudié para el examen de acreditación de cliente de Starbucks) que dejara correr un poquito más el agua de la máquina de café, como para que se diluya un poco, que salga más largo y más liviano. No tuve éxito. Para ser sincero, una sola vez, desde que estoy acá, me entendieron. Si no, llegan a hacer cualquier cosa (como decirte: "Un poco más de agua? Seguro!" y ver cómo le ponen agua de la canilla, juro que me pasó). Así que terminé desistiendo y tomando ese café más corto y concentrado. Si no puedes contra ellos, ¿no?. El punto es que en el menú de este barcito al que venía haciendo referencia, al lado del 'espresso' estaba escrito 'americano'. Yo, estaba feliz, difícilmente podía creer que iba a tener las dos cosas en un mismo día, un café decente y un jugo exprimido. Antes de pedirlo, por supuesto, confirmé que el 'americano' es un 'espresso' más diluído. Es más, me mostró un vasito (de papel, por supuesto) y me preguntó hasta dónde lo quería de agua. ¿Qué más podía pedir? Le marqué la mitad del vasito (era más o menos grande, pero lo había pedido con dos 'shots', es decir, café doble) y me dediqué a sonreir. Hasta que ví cómo la mina hizo el café, sacó el vasito, se fué hasta un termo, y le agregó agua caliente hasta la mitad del vasito. ¿Qué mierda tiene la gente en la cabeza? ¿Alguien me puede decir con sinceridad por qué carajo no inventan el implante de cerebro?
Pero esta vez no hay teoría.
Resulta que estaba haciendo un poco de tiempo en un museo (Mass MoCA, por si a alguno le interesa) ya que Bibi y su mamá habían entrado a ver las exposiciones. Dos motivos hicieron que me quedara afuera: un importante dolor de cabeza, y que ya había visto la gran mayoría de lo que estaba en exposición. Suficiente.
Voy al barcito del museo, que en realidad son mesas puestas en un área del lobby (todo el museo es una gran fábrica reciclada, por lo que las áreas son grandes y encima hay varios pabellones). Nadie te va a venir a atender, eso casi no existe, al menos si querés un café. Tenés que ir vos al mostrador y pedírtelo. Ahí noté, con gran sorpresa, que vendían jugos exprimidos. Realmente EXPRIMIDOS! Es la primera vez en casi cinco años que estoy por acá que veo a alguien exprimiendo una naranja. Yo ya pensaba que era un arte perdido. Por supuesto, me pedí uno. Era chiquito, pero también barato, así que no me quejo. En vasito de plástico, por supuesto.
Además, me quería pedir un café. No sé si conté en el otro post que acá al expreso (perdón, 'eSpresso', si no no te entienden) lo hacen muy concentrado, casi casi un ristretto. Demasiado, para mi gusto. Al principio, traté de hacerle entender a la gente ('barista', perdón de nuevo, cómo se nota que no estudié para el examen de acreditación de cliente de Starbucks) que dejara correr un poquito más el agua de la máquina de café, como para que se diluya un poco, que salga más largo y más liviano. No tuve éxito. Para ser sincero, una sola vez, desde que estoy acá, me entendieron. Si no, llegan a hacer cualquier cosa (como decirte: "Un poco más de agua? Seguro!" y ver cómo le ponen agua de la canilla, juro que me pasó). Así que terminé desistiendo y tomando ese café más corto y concentrado. Si no puedes contra ellos, ¿no?. El punto es que en el menú de este barcito al que venía haciendo referencia, al lado del 'espresso' estaba escrito 'americano'. Yo, estaba feliz, difícilmente podía creer que iba a tener las dos cosas en un mismo día, un café decente y un jugo exprimido. Antes de pedirlo, por supuesto, confirmé que el 'americano' es un 'espresso' más diluído. Es más, me mostró un vasito (de papel, por supuesto) y me preguntó hasta dónde lo quería de agua. ¿Qué más podía pedir? Le marqué la mitad del vasito (era más o menos grande, pero lo había pedido con dos 'shots', es decir, café doble) y me dediqué a sonreir. Hasta que ví cómo la mina hizo el café, sacó el vasito, se fué hasta un termo, y le agregó agua caliente hasta la mitad del vasito. ¿Qué mierda tiene la gente en la cabeza? ¿Alguien me puede decir con sinceridad por qué carajo no inventan el implante de cerebro?
una secuela
Es notable cómo han cambiado las formas. Yo llegué inclusive a usar una máquina de escribir, aunque sólo apenas. Lo que sí usé y mucho fue el papel y la birome.
Ahora ya no. Si pienso en escribir algo, prendo la laptop. Claro que papeles y biromes sigo teniendo, lo que no tengo es un uso para ellos. Ya ni siquiera me quedo yo los textos. Los voy escribiendo en ese eter ignoto que algunos llaman web 2.0, o quizás the cloud, convirtiéndome poco a poco en una especie de Batou del subdesarrollo, viviendo en la realidad por supuesto pero también al mismo tiempo en ese ambiente virtual al que nos estamos acostumbrando tanto. Si tan sólo pudiera pensar las palabras sin tipearlas, por ahí me acercaría un poco más a sus formas. Pero para eso falta. Falta que las formas sigan cambiando.
Por ahí se me haga costumbre esto de volver a escribir. El otro día pensaba que ya nadie leía este rincón. Hoy ya sé que sigue habiendo un incondicional. Y, como es difícil encontrar incondicionales hoy en día, creo que merece al menos un pequeño homenaje y algún que otro texto.
El estilo, creo que no cambió. Lo que escribo sigue siendo esa sucesión de párrafos a los que hay que buscarle un hilo conductor. No digo que el hilo no esté, sino que no es tan obvio. No es algo buscado, no. Es más bien consecuencia de la franqueza con la que escribo lo que se me viene a la cabeza. Si tuviera que filtrarlo todo, ordenarlo de forma lógica y empaquetarlo prolijito me aburriría enseguida. Como no soy un tipo de esos que rompe las pelotas a los de alrededor para que le lean, me lo permito. Si alguien tiene interés en leer eso, que lo haga. Si no, puede evitarse el trauma tranquilo, que yo no pregunto.
Autoexamen? Crítica introspectiva? El texto anterior y más todavía éste tienen ese tonito. Por supuesto que si llegara a alguna conclusión más allá de mi estilo literario, ni las preguntas ni las respuestas serían publicadas en un blog. Ni en ningún otro lado.
Pero acá estamos para lo que sí puedo (quiero) escribir. Y en este caso parece que estoy escribiendo una introducción a una nueva tanda de textos, que pueden o no aparecer. Uno nunca sabe cómo puede venir la mano. Para los delirios, el prólogo lo armé mucho tiempo después de haber escrito el texto y, si no me equivoco, aún después de haber transcripto todo a un formato digital. En este caso, claro, arranqué digital, no vaya a ser cosa.
Entonces puedo decir que esos textos aún no escritos representan una etapa nueva de mi vida (a falta de alguna otra obviedad), a un Ale más maduro (que siempre queda mejor que decir viejo), a una persona a la que el escepticismo le jugó una mala pasada. O puedo decir que no habrá que buscarle un significado al conjunto de una obra no realizada, que si bien que cada parte de ella podrá ser un atisbo, un pedacito de algo mucho más grande, no necesariamente todas las partes serán pedacitos de un mismo algo. O que son ciclotimias, que carajo, y venir a buscarle otros significados.
Ahora ya no. Si pienso en escribir algo, prendo la laptop. Claro que papeles y biromes sigo teniendo, lo que no tengo es un uso para ellos. Ya ni siquiera me quedo yo los textos. Los voy escribiendo en ese eter ignoto que algunos llaman web 2.0, o quizás the cloud, convirtiéndome poco a poco en una especie de Batou del subdesarrollo, viviendo en la realidad por supuesto pero también al mismo tiempo en ese ambiente virtual al que nos estamos acostumbrando tanto. Si tan sólo pudiera pensar las palabras sin tipearlas, por ahí me acercaría un poco más a sus formas. Pero para eso falta. Falta que las formas sigan cambiando.
Por ahí se me haga costumbre esto de volver a escribir. El otro día pensaba que ya nadie leía este rincón. Hoy ya sé que sigue habiendo un incondicional. Y, como es difícil encontrar incondicionales hoy en día, creo que merece al menos un pequeño homenaje y algún que otro texto.
El estilo, creo que no cambió. Lo que escribo sigue siendo esa sucesión de párrafos a los que hay que buscarle un hilo conductor. No digo que el hilo no esté, sino que no es tan obvio. No es algo buscado, no. Es más bien consecuencia de la franqueza con la que escribo lo que se me viene a la cabeza. Si tuviera que filtrarlo todo, ordenarlo de forma lógica y empaquetarlo prolijito me aburriría enseguida. Como no soy un tipo de esos que rompe las pelotas a los de alrededor para que le lean, me lo permito. Si alguien tiene interés en leer eso, que lo haga. Si no, puede evitarse el trauma tranquilo, que yo no pregunto.
Autoexamen? Crítica introspectiva? El texto anterior y más todavía éste tienen ese tonito. Por supuesto que si llegara a alguna conclusión más allá de mi estilo literario, ni las preguntas ni las respuestas serían publicadas en un blog. Ni en ningún otro lado.
Pero acá estamos para lo que sí puedo (quiero) escribir. Y en este caso parece que estoy escribiendo una introducción a una nueva tanda de textos, que pueden o no aparecer. Uno nunca sabe cómo puede venir la mano. Para los delirios, el prólogo lo armé mucho tiempo después de haber escrito el texto y, si no me equivoco, aún después de haber transcripto todo a un formato digital. En este caso, claro, arranqué digital, no vaya a ser cosa.
Entonces puedo decir que esos textos aún no escritos representan una etapa nueva de mi vida (a falta de alguna otra obviedad), a un Ale más maduro (que siempre queda mejor que decir viejo), a una persona a la que el escepticismo le jugó una mala pasada. O puedo decir que no habrá que buscarle un significado al conjunto de una obra no realizada, que si bien que cada parte de ella podrá ser un atisbo, un pedacito de algo mucho más grande, no necesariamente todas las partes serán pedacitos de un mismo algo. O que son ciclotimias, que carajo, y venir a buscarle otros significados.
10 de enero de 2010
Para que alguien, quien sea, abra este cajón
Y, si, es más o menos así, cuando ya nadie lo espera, cuando ya probablemente nadie vaya a leer esto, se me ocurre escribir algo. Quizás es por haberme puesto a leer las historias de trenes, y porque no viajo en ellos. Quizás porque extraño el vínculo, o quizás sólo porque estoy aburrido, no lo sé. Escribir sabiendo que seguramente nadie me lea me deja una sensación dual, de liberación y de desencanto simultáneos.
¿Qué es lo que quiero escribir? ¿Qué tengo para decir? No lo sé realmente, no lo tengo para nada claro. Esta noche era más bien una necesidad de comunicar. Algo que en otra época habría hecho en un pedazo de papel que terminaría escondido en algún cajón, hoy es un draft en google docs próximo a ser publicado en un blog al que ya nadie lee. Lo esconderé en un rincón de la web al que nadie ya revisa. Tantos años y nada realmente cambió.
Pero en el fondo no es tan cierto, hay una sensación que podría llegar a describir como la pequeña y fugitiva esperanza de que alguien termine leyendo esto, como si estuviera escondiendo un texto en algún cajón que tarde o temprano se abrirá. No sé cuándo pueda ser, ni siquiera si me enteraré cuando eso ocurra.
Al fin y al cabo, mis escritos, los pocos que sobrevivieron al tacho de basura, han sido leídos al menos por una persona más. Eso fué hace tiempo y cuando estaba orgulloso de ellos. Claro que hoy por hoy me parecerían tremendamente ingenuos. Toscos, quizás, y eso que hace años que no los releo. Debería tal vez hacerlo, para recordar cómo era yo hace veinte años.
Quién te dice que no es al revés, que me volví tosco (ingenuo no creo) con los años, que en esa época escribía verdades y hoy sólo idioteces. A los textos de quince a veinte años atrás los había llamado "Delirios". Hoy por hoy, a lo que escribo lo podría catalogar como "Ciclotimias" ¿Por qué no? Si aguanto una media horita más escribiendo terminaré diciendo que seguramente me vaya a leer medio mundo, pero que tengo la esperanza de que no lo vea nadie... ¡Y entonces quizás no lo publique nunca! Planear lo que pueda suceder en los próximos treinta minutos es pedir demasiado. Sobre todo porque ya se siente el ciclo descendente. Al mandarme a escribir se vé que estaba en la cima, uno nunca sabe cuándo es el momento en que se deja de subir, para empezar a bajar. Como tampoco sabe si ya se llegó al valle o no. Manejar los ánimos como subido a la super 8 volante. Al menos esa no se daba vuelta y no te quedabas boca abajo. Imaginate.
Releo, releo, releo, escribo y leo y releo. Y trato de entender por qué empecé a escribir. Sigo tratando, sigo sin saber. Y me lo pregunto desde el principio ¿Por qué? ¿Para qué? Y lo que es peor, ¿qué?
La media hora ya pasó y tanto no cambié. Sigo pensando en lo que más arriba describí como una fugitiva esperanza. Específicamente, me quedé pensando en por qué había la había descripto como fugitiva. Lo de pequeña y lo de esperanza es fácil. Pero fugitiva. Será porque no logro definirla del todo, porque se esconde justo ahí en ese umbral de la conciencia en el que podés saber que una idea está, pero no describirla del todo. Porque cada vez que creo que estoy a punto de entenderla, desaparece.
¿A quién engaño? ¿Quién puede creer que esto es un texto interesante? ¿Quién puede pensar que tengo algo útil para decir? A mí, claro, me estoy engañando a mí. Si nadie más va a leer esto. (Pero... -dice mi fugitiva esperanza- quizás, alguien...)
Claro que me engaño. Si releo y releo es para incrementar un ego que le encanta pensar que lo que acabo de escribir es maravilloso. Que con estas líneas me gané un lugar entre los grandes, blablabla. Narcisismo, delirios de grandeza, ¿delirios? No, si yo terminé con esos hace tanto tiempo. Ahora son ciclotimias, ¿te acordás? O quizás a éste lo ponga en un catálogo nuevo, esquizofrenias. Si no, ¿cómo te explico que mientras comparo estas líneas con Camus o Hesse, pienso que no es más que una cagada de las tantas que escribí siempre? ¿Cómo te explico que me dirijo a vos si creo que nadie más va a leer esto?
¿Qué es lo que quiero escribir? ¿Qué tengo para decir? No lo sé realmente, no lo tengo para nada claro. Esta noche era más bien una necesidad de comunicar. Algo que en otra época habría hecho en un pedazo de papel que terminaría escondido en algún cajón, hoy es un draft en google docs próximo a ser publicado en un blog al que ya nadie lee. Lo esconderé en un rincón de la web al que nadie ya revisa. Tantos años y nada realmente cambió.
Pero en el fondo no es tan cierto, hay una sensación que podría llegar a describir como la pequeña y fugitiva esperanza de que alguien termine leyendo esto, como si estuviera escondiendo un texto en algún cajón que tarde o temprano se abrirá. No sé cuándo pueda ser, ni siquiera si me enteraré cuando eso ocurra.
Al fin y al cabo, mis escritos, los pocos que sobrevivieron al tacho de basura, han sido leídos al menos por una persona más. Eso fué hace tiempo y cuando estaba orgulloso de ellos. Claro que hoy por hoy me parecerían tremendamente ingenuos. Toscos, quizás, y eso que hace años que no los releo. Debería tal vez hacerlo, para recordar cómo era yo hace veinte años.
Quién te dice que no es al revés, que me volví tosco (ingenuo no creo) con los años, que en esa época escribía verdades y hoy sólo idioteces. A los textos de quince a veinte años atrás los había llamado "Delirios". Hoy por hoy, a lo que escribo lo podría catalogar como "Ciclotimias" ¿Por qué no? Si aguanto una media horita más escribiendo terminaré diciendo que seguramente me vaya a leer medio mundo, pero que tengo la esperanza de que no lo vea nadie... ¡Y entonces quizás no lo publique nunca! Planear lo que pueda suceder en los próximos treinta minutos es pedir demasiado. Sobre todo porque ya se siente el ciclo descendente. Al mandarme a escribir se vé que estaba en la cima, uno nunca sabe cuándo es el momento en que se deja de subir, para empezar a bajar. Como tampoco sabe si ya se llegó al valle o no. Manejar los ánimos como subido a la super 8 volante. Al menos esa no se daba vuelta y no te quedabas boca abajo. Imaginate.
Releo, releo, releo, escribo y leo y releo. Y trato de entender por qué empecé a escribir. Sigo tratando, sigo sin saber. Y me lo pregunto desde el principio ¿Por qué? ¿Para qué? Y lo que es peor, ¿qué?
La media hora ya pasó y tanto no cambié. Sigo pensando en lo que más arriba describí como una fugitiva esperanza. Específicamente, me quedé pensando en por qué había la había descripto como fugitiva. Lo de pequeña y lo de esperanza es fácil. Pero fugitiva. Será porque no logro definirla del todo, porque se esconde justo ahí en ese umbral de la conciencia en el que podés saber que una idea está, pero no describirla del todo. Porque cada vez que creo que estoy a punto de entenderla, desaparece.
¿A quién engaño? ¿Quién puede creer que esto es un texto interesante? ¿Quién puede pensar que tengo algo útil para decir? A mí, claro, me estoy engañando a mí. Si nadie más va a leer esto. (Pero... -dice mi fugitiva esperanza- quizás, alguien...)
Claro que me engaño. Si releo y releo es para incrementar un ego que le encanta pensar que lo que acabo de escribir es maravilloso. Que con estas líneas me gané un lugar entre los grandes, blablabla. Narcisismo, delirios de grandeza, ¿delirios? No, si yo terminé con esos hace tanto tiempo. Ahora son ciclotimias, ¿te acordás? O quizás a éste lo ponga en un catálogo nuevo, esquizofrenias. Si no, ¿cómo te explico que mientras comparo estas líneas con Camus o Hesse, pienso que no es más que una cagada de las tantas que escribí siempre? ¿Cómo te explico que me dirijo a vos si creo que nadie más va a leer esto?
29 de julio de 2009
Un chivo
Aquí, en Buenos Aires, desde donde escribo, se utiliza la palabra chivo con, al menos, tres significados distintos. En primer lugar, claro, para aludir a las cabras de poca edad. En segundo lugar, supongo que precisamente por el olor de las cabras, se denomina chivo a las emanaciones poco agraciadas de los seres humanos, fundamentalmente las que se desprenden de sus axilas, producto de la transpiración. Nada de lo dicho hasta aquí tiene relevancia para lo que quiero transmitir. Sí lo tiene el tercer significado que le conozco al término "chivo", me refiero a la mención, no paga -al menos no de modo oficial-, que desliza quien tiene acceso a un medio de comunicación. Ejemplo: un actor es invitado a una entrevista, contesta preguntas y mete un chivo, o sea, anuncia que actualmente puede ser visto en la obra Tal, que se exhibe en el Teatro Cual, los días X e Y a la hora Z. Claro está, lo puede hacer de un modo más o menos sutil. Puede, como quien no quiere la cosa, decir -"justamente, hablando de espacios grandes el teatro Cual es tan grande que exige elevar significativamente el tono de voz, y ello actualmente me exige un gran esfuerzo ya que allí estamos haciendo la obra Tal los días X e Y". O puede, como yo ahora, sin disimulo, decirles que inicié un blog con historias de trenes (bueno, por ahora una sola, pero habrá mas) y que los conmino a entrar, bajo apercibimiento de retarlos a duelo.
w w w · g u s a n o s m e t a l i c o s · b l o g s p o t · c o m
PD: El que no deje mensaje se queda sin alfajor.
17 de julio de 2009
Posesiones
Ambos tenían poco, muy poco.
Gregorio algo más que Irupé. Tenía un departamento sucio y desmantelado, en un edificio decadente que, en otros tiempos, mereció un poco mejor suerte. Tenía una ventana, con vista a una cúpula “belle epoque”, como escuchó, hace tiempo, que alguien la llamó —hoy, no es más que un palomar roñoso—. Tenía un abogado que, en principio por poco dinero, y más recientemente sólo por inercia, venía dilatando, con más suerte que buena técnica, un desalojo anunciado. Tenía una magra subvención por discapacidad, aunque, bien visto, lo suyo era olvido, desidia, resignación, pero no discapacidad. Tenía el recuerdo de la llegada al puerto, del frío en el hotel de inmigrantes, de la maldita peste, de los tiempos de rebusques, de los fracasos amorosos.
Irupé tenía menos. Menos edad (mucha menos). No tenía recuerdos de viajes, porque nació acá, después de que su madre llegara añorando alguna posibilidad (tampoco tenía recuerdos de su madre). Tenía una cama compartida (al menos) con un medio hermano, en una pieza que no miraba a ningún lado. Tenía alguien que, a su modo, se ocupaba de ella, llevándola hasta la esquina frente a la cúpula y custodiando que nadie robara su recaudación. Tenía un castigo si el día era malo, aunque ella se esforzara en dar lástima y rogara. También tenía el bocado modesto que, desde hace un tiempo, Gregorio le alcanzaba todos los mediodías. Daba una sonrisa y un tímido gracias a cambio, lo que debería haber sido inventariado, previamente, entre los bienes de Gregorio.
Un día Gregorio no la vio. Al día siguiente tampoco. Así, pasaron nueve días. Gregorio que ya no soñaba nada, soñó. Había un camino cubierto de hielo. Un cartel caído. Un viento que aturdía y perforaba. Cerca, pero inalcanzable, un fuego que se alejaba. Alguien golpeaba su cuerpo, pero no era visible.
Nada tenía sentido en su sueño. Ya nada tenía ninguno de ellos.
Gregorio algo más que Irupé. Tenía un departamento sucio y desmantelado, en un edificio decadente que, en otros tiempos, mereció un poco mejor suerte. Tenía una ventana, con vista a una cúpula “belle epoque”, como escuchó, hace tiempo, que alguien la llamó —hoy, no es más que un palomar roñoso—. Tenía un abogado que, en principio por poco dinero, y más recientemente sólo por inercia, venía dilatando, con más suerte que buena técnica, un desalojo anunciado. Tenía una magra subvención por discapacidad, aunque, bien visto, lo suyo era olvido, desidia, resignación, pero no discapacidad. Tenía el recuerdo de la llegada al puerto, del frío en el hotel de inmigrantes, de la maldita peste, de los tiempos de rebusques, de los fracasos amorosos.
Irupé tenía menos. Menos edad (mucha menos). No tenía recuerdos de viajes, porque nació acá, después de que su madre llegara añorando alguna posibilidad (tampoco tenía recuerdos de su madre). Tenía una cama compartida (al menos) con un medio hermano, en una pieza que no miraba a ningún lado. Tenía alguien que, a su modo, se ocupaba de ella, llevándola hasta la esquina frente a la cúpula y custodiando que nadie robara su recaudación. Tenía un castigo si el día era malo, aunque ella se esforzara en dar lástima y rogara. También tenía el bocado modesto que, desde hace un tiempo, Gregorio le alcanzaba todos los mediodías. Daba una sonrisa y un tímido gracias a cambio, lo que debería haber sido inventariado, previamente, entre los bienes de Gregorio.
Un día Gregorio no la vio. Al día siguiente tampoco. Así, pasaron nueve días. Gregorio que ya no soñaba nada, soñó. Había un camino cubierto de hielo. Un cartel caído. Un viento que aturdía y perforaba. Cerca, pero inalcanzable, un fuego que se alejaba. Alguien golpeaba su cuerpo, pero no era visible.
Nada tenía sentido en su sueño. Ya nada tenía ninguno de ellos.
6 de julio de 2009
No emigrar
Algunos huyen de los horrores de la guerra. Otros siguen un amor. Hay quienes dejan atrás una familia conflictiva. Están los que ven en otra orilla la chance de aprovechar sus mentes o sus cuerpos mejor que en la suya o, simplemente, la chance de comer.
Y están quienes no se van.
Hubo un día en el que pude haber emigrado, pero no lo hice. No fui yo quien decidió desestimar esa posibilidad. Para ese entonces, tenía la edad que ahora tiene mi hija que, aunque ríe mucho, no comprende acabadamente las minucias de la vida adulta.
Yo no decidí, no comprendía y, aunque no recuerdo, tengo la sensación de haber reído poco entonces.
Aquello que se, lo escuché después. Se que de muy chico pude haber ido a Uruguay, y que un poco más grande a Europa. Que mi madre había hecho las averiguaciones necesarias y podía iniciar las gestiones. Que quería que mi padre sea puesto en libertad para que todos pudiésemos vivir juntos. Se también que fue mi padre el que, a su tiempo, rechazó cada una de las posibilidades de salir y se encerró en su negativa.
Luego, el consabido golpe, el endurecimiento de la represión y el fin de la opción de emigrar para las personas presas a disposición del Poder Ejecutivo.
Así que nunca emigré. Aprendí a vivir con mi madre y mis abuelas, a hablar únicamente el castellano (aunque para decir poco), a entender que algo grave podía pasar en cualquier momento, a desconfiar.
Nada grave sucedió (entendiendo por grave, estrictamente, desaparición o muerte).
Así que, más adelante, mi padre volvió. Y vivimos juntos por algún tiempo. Nunca le pregunté por qué prefirió no emigrar. Prácticamente, no le pregunté nada. Tampoco a mi madre.
No obstante, una vez, mi padre dijo que él prefería ser un ejemplo para su hijo y, eventualmente, morir por sus ideales, que renunciar a ellos.
Creo que esa disyuntiva, así planteada, es falaz. Puedo argumentar solidamente sobre la imposibilidad de concretar ese ideal, cuestionar que se trate de una renuncia el hecho de asegurarse a supervivencia, etc. Pero no quiero hacerlo. Sólo dejo escapar, un poquito, la bronca de quien, sin comprender las minucias de la vida adulta, sabía que quería que lo cuidaran con el cuerpo, día a día, en lugar de que le dejaran magnánimas enseñanzas.
Y están quienes no se van.
Hubo un día en el que pude haber emigrado, pero no lo hice. No fui yo quien decidió desestimar esa posibilidad. Para ese entonces, tenía la edad que ahora tiene mi hija que, aunque ríe mucho, no comprende acabadamente las minucias de la vida adulta.
Yo no decidí, no comprendía y, aunque no recuerdo, tengo la sensación de haber reído poco entonces.
Aquello que se, lo escuché después. Se que de muy chico pude haber ido a Uruguay, y que un poco más grande a Europa. Que mi madre había hecho las averiguaciones necesarias y podía iniciar las gestiones. Que quería que mi padre sea puesto en libertad para que todos pudiésemos vivir juntos. Se también que fue mi padre el que, a su tiempo, rechazó cada una de las posibilidades de salir y se encerró en su negativa.
Luego, el consabido golpe, el endurecimiento de la represión y el fin de la opción de emigrar para las personas presas a disposición del Poder Ejecutivo.
Así que nunca emigré. Aprendí a vivir con mi madre y mis abuelas, a hablar únicamente el castellano (aunque para decir poco), a entender que algo grave podía pasar en cualquier momento, a desconfiar.
Nada grave sucedió (entendiendo por grave, estrictamente, desaparición o muerte).
Así que, más adelante, mi padre volvió. Y vivimos juntos por algún tiempo. Nunca le pregunté por qué prefirió no emigrar. Prácticamente, no le pregunté nada. Tampoco a mi madre.
No obstante, una vez, mi padre dijo que él prefería ser un ejemplo para su hijo y, eventualmente, morir por sus ideales, que renunciar a ellos.
Creo que esa disyuntiva, así planteada, es falaz. Puedo argumentar solidamente sobre la imposibilidad de concretar ese ideal, cuestionar que se trate de una renuncia el hecho de asegurarse a supervivencia, etc. Pero no quiero hacerlo. Sólo dejo escapar, un poquito, la bronca de quien, sin comprender las minucias de la vida adulta, sabía que quería que lo cuidaran con el cuerpo, día a día, en lugar de que le dejaran magnánimas enseñanzas.
25 de junio de 2009
Caramutti
Caramutti, llamado así incluso por sus amigos, es un tipo pragmático. Decidió emigrar, temporalmente, para luego volver a la Argentina, pero trayendo suficiente dinero como para mejorar sus condiciones. Sólo estaría afuera por dos años, en un sitio del que apenas tenía una referencia, eso sí con un contrato generoso. Su proyecto no podía fallar, era simple: guardar todo —o casi todo— el dinero que cobraría (además del sueldo, le proveían comida y alojamiento) y retornar con la bolsa llena, para dedicarse a algo —ya vería qué—, probablemente, en el sur del país.
Seguramente aquello a lo que se dedicaría a su vuelta no se vinculaba con la medicina. Caramutti, que no era ningún improvisado en la vida, tenía una inteligencia destacable y su educación formal conocía de títulos por encima del de grado. Su habilidad para diagnosticar a partir de meras imágenes, lo habían colocado en un sitio de razonable prestigio.
Igual no estaba satisfecho. Buscaba algo nuevo. Irse a este sitio significaba ganar de golpe (o, en rigor, en dos años de golpes) la friolera de medio palo verde, libre de impuestos. Cómo es posible esto? Parece que en el África, en un país de habla hispana —porque fue colonia española— existe actualmente un dictador, de esos sangrientos, que construyó un hospital, que no sería del Estado sino de él mismo, que tiene un convenio con otro Estado —más desarrollado— para becar a alguna gente (nadie en aquel país puede pagarlo) y ofrecerle novedosos tratamientos. Como ningún médico iría por algo más de lo que gana en su propio país, se ofrecen estas condiciones, una muy buena retribución y la vuelta en un plazo cercano. Dónde está el negocio del hospital? Who knows.
-debe ser un lugar donde experimentan con seres humanos, deben probar vacunas contra el HIV, y otras medicaciones, todo en forma clandestina! exclamó el ruso (al que sus amigos llamaban así —su apellido era más difícil de pronunciar que el del Caramutti), y sólo mereció un gesto de desaprobación.
A esa reflexión siguieron otros intentos de disuasión:
-ojo, no sea cosa que te hagan como a las chicas que traen engañadas del norte, te dicen que te pagan 100 y después te descuentan 98 por casa y comida.
–está todo incluido.
–bueno, puede haber sutiles cambios, quizá días antes de volverte te metan un escorpión en la habitación, no quede más suero en el hospital y aparezca un chamán que te lo vende por medio palo.
Nuevo gesto de desaprobación de Caramutti.
Finalmente, una amiga:
-no habrá mucha violencia, quizá no puedas salir a la calle.
Tras el mismo gesto, pero con más fastidio, Caramutti agregó:
–sí hay violencia, después de las seis de la tarde no se puede ir a ningún lado y antes de esa hora, sólo en el barrio protegido, que es donde está el hospital. Para moverse por los caminos, no son siquiera rutas, hay que saber con quién y cuándo, ahí veré, de última me quedo dos años en el barrio del hospital (por su forma de ser, esto era imposible, seguro saldría).
De todos modos, ningún argumento lo convencería de desistir. Y además, por qué sus amigos querrían que desistiera. Era buena plata, a Caramutti le gusta conocer lugares distintos y remotos, los riesgos podían ser mayores, pero era su decisión tomarlos.
Así que todos se convencieron de que su proyecto estaba muy bien, que lo extrañarían, pero que no dejara de aplicar, que seguro ganaría ¡con sus antecedentes!, que probablemente allá le ofrecieran millones para quedarse luego de salvar a un hijo del dictador, etc. etc.
Un mes más tarde, recibió un correo en el que le agradecían haber aplicado. Por el momento los cupos están llenos. Pero lo mantendrán informado sobre nuevas convocatorias. Caramutti, por ahora, sigue aquí.
Seguramente aquello a lo que se dedicaría a su vuelta no se vinculaba con la medicina. Caramutti, que no era ningún improvisado en la vida, tenía una inteligencia destacable y su educación formal conocía de títulos por encima del de grado. Su habilidad para diagnosticar a partir de meras imágenes, lo habían colocado en un sitio de razonable prestigio.
Igual no estaba satisfecho. Buscaba algo nuevo. Irse a este sitio significaba ganar de golpe (o, en rigor, en dos años de golpes) la friolera de medio palo verde, libre de impuestos. Cómo es posible esto? Parece que en el África, en un país de habla hispana —porque fue colonia española— existe actualmente un dictador, de esos sangrientos, que construyó un hospital, que no sería del Estado sino de él mismo, que tiene un convenio con otro Estado —más desarrollado— para becar a alguna gente (nadie en aquel país puede pagarlo) y ofrecerle novedosos tratamientos. Como ningún médico iría por algo más de lo que gana en su propio país, se ofrecen estas condiciones, una muy buena retribución y la vuelta en un plazo cercano. Dónde está el negocio del hospital? Who knows.
-debe ser un lugar donde experimentan con seres humanos, deben probar vacunas contra el HIV, y otras medicaciones, todo en forma clandestina! exclamó el ruso (al que sus amigos llamaban así —su apellido era más difícil de pronunciar que el del Caramutti), y sólo mereció un gesto de desaprobación.
A esa reflexión siguieron otros intentos de disuasión:
-ojo, no sea cosa que te hagan como a las chicas que traen engañadas del norte, te dicen que te pagan 100 y después te descuentan 98 por casa y comida.
–está todo incluido.
–bueno, puede haber sutiles cambios, quizá días antes de volverte te metan un escorpión en la habitación, no quede más suero en el hospital y aparezca un chamán que te lo vende por medio palo.
Nuevo gesto de desaprobación de Caramutti.
Finalmente, una amiga:
-no habrá mucha violencia, quizá no puedas salir a la calle.
Tras el mismo gesto, pero con más fastidio, Caramutti agregó:
–sí hay violencia, después de las seis de la tarde no se puede ir a ningún lado y antes de esa hora, sólo en el barrio protegido, que es donde está el hospital. Para moverse por los caminos, no son siquiera rutas, hay que saber con quién y cuándo, ahí veré, de última me quedo dos años en el barrio del hospital (por su forma de ser, esto era imposible, seguro saldría).
De todos modos, ningún argumento lo convencería de desistir. Y además, por qué sus amigos querrían que desistiera. Era buena plata, a Caramutti le gusta conocer lugares distintos y remotos, los riesgos podían ser mayores, pero era su decisión tomarlos.
Así que todos se convencieron de que su proyecto estaba muy bien, que lo extrañarían, pero que no dejara de aplicar, que seguro ganaría ¡con sus antecedentes!, que probablemente allá le ofrecieran millones para quedarse luego de salvar a un hijo del dictador, etc. etc.
Un mes más tarde, recibió un correo en el que le agradecían haber aplicado. Por el momento los cupos están llenos. Pero lo mantendrán informado sobre nuevas convocatorias. Caramutti, por ahora, sigue aquí.
5 de junio de 2009
banner plan
Internet permite divagar o, según se vea, distraerse. Quizá permita cambiar la vida.
Lo cierto es que Lucio estaba harto de ingresar los datos sobre el detergente concentrado, que había recabado algún joven estudiante de algo, encuestando a una señora entrada en años y, luego, volcado poco prolijamente en una planilla estándar.
Como casi todas las jornadas, Lucio se quejaba, para sí, de esa característica falta de prolijidad de los jóvenes de hoy, y recordaba que en sus inicios en la consultora, cuando aún estudiaba, él era mucho más detallista y meticuloso que los jóvenes de ahora; su letra era legible, su ortografía rayana en el ideal, y encomiable su habilidad para no salirse de los casilleros preestablecidos.
Además de quejarse, Lucio, como casi todas las jornadas, tejía hipótesis conspirativas, clasificando las encuestas en tres categorías, las genuinas, las falsas y las mixtas (estas últimas, una rareza que le ocurría cuando se convencía de que ciertos formularios tenían un punto de inflexión entre el trabajo honesto y el llenado espurio). Con base en una adaptación libre de su propia experiencia, especulaba que ante una sugerencia más o menos explícita de alguno de los sujetos intervinientes en la encuesta, el joven estudiante y el ama de casa conocedora de detergentes se dedicaban a mejores menesteres. Según esa especulación, luego, el joven, completaba los casilleros pendientes de acuerdo a lo que él creía que su encuestada-encamada contestaría.
Volvamos. Internet permite divagar. Y si bien Lucio ya divagaba sin la internet, harto de la mentira del encuestador (al que nunca denunciaría ante su jefe, claro), se conectó a un diario on-line para ver qué titulares aparecían. Lucio es uno de los pocos privilegiados de la jerarquía intermedia que tiene acceso a la red en su terminal. Es que tantos años para la consultora no sólo le aseguran no ser despedido (su indemnización supera los meses por cobrar), también le dan este tipo de privilegios. En el Chat tiene 6 contactos con los que raramente tiene interés en conectarse. Prefiere el diario. Mientras miraba las noticias los banners lo distraían. Uno de ellos logró su cometido; vendían una casa en Junín de los Andes a la que accedía con sus pocos ahorros. No había más que pensar, en estos días tomaría parte de las abultadas vacaciones pendientes, en su casa alegaría un viaje de trabajo que, pese a no resultar creíble —nunca tuvo uno—, nadie cuestionará y se iría a Junín. Constatada la papelería de rigor, y el estado de la cabaña, la compraría tras un ligero regateo. En pocos meses, ni bien se jubile, se irá a vivir allí, con su jubilación y algún ingreso por el alquiler a turistas de los cuartos libres, llegaría a fin de mes. Sólo le fastidiaba tener que hablar con esa gente, pero era mejor que hacerlo con los suyos. El plan incluía el modo de fugarse, una pequeña venganza tal vez. Simplemente desaparecería, sin avisar nada a su mujer (reducida a involuntaria compañera de residencia), ni a sus hijos (que incluyen sendas nueras), con quienes sólo lo une la distancia. Lucio cargó a desgano lo que quedaba de encuesta, tomó el número de teléfono del aviso y se fue relativamente contento. Tenía un banner plan.
Lo cierto es que Lucio estaba harto de ingresar los datos sobre el detergente concentrado, que había recabado algún joven estudiante de algo, encuestando a una señora entrada en años y, luego, volcado poco prolijamente en una planilla estándar.
Como casi todas las jornadas, Lucio se quejaba, para sí, de esa característica falta de prolijidad de los jóvenes de hoy, y recordaba que en sus inicios en la consultora, cuando aún estudiaba, él era mucho más detallista y meticuloso que los jóvenes de ahora; su letra era legible, su ortografía rayana en el ideal, y encomiable su habilidad para no salirse de los casilleros preestablecidos.
Además de quejarse, Lucio, como casi todas las jornadas, tejía hipótesis conspirativas, clasificando las encuestas en tres categorías, las genuinas, las falsas y las mixtas (estas últimas, una rareza que le ocurría cuando se convencía de que ciertos formularios tenían un punto de inflexión entre el trabajo honesto y el llenado espurio). Con base en una adaptación libre de su propia experiencia, especulaba que ante una sugerencia más o menos explícita de alguno de los sujetos intervinientes en la encuesta, el joven estudiante y el ama de casa conocedora de detergentes se dedicaban a mejores menesteres. Según esa especulación, luego, el joven, completaba los casilleros pendientes de acuerdo a lo que él creía que su encuestada-encamada contestaría.
Volvamos. Internet permite divagar. Y si bien Lucio ya divagaba sin la internet, harto de la mentira del encuestador (al que nunca denunciaría ante su jefe, claro), se conectó a un diario on-line para ver qué titulares aparecían. Lucio es uno de los pocos privilegiados de la jerarquía intermedia que tiene acceso a la red en su terminal. Es que tantos años para la consultora no sólo le aseguran no ser despedido (su indemnización supera los meses por cobrar), también le dan este tipo de privilegios. En el Chat tiene 6 contactos con los que raramente tiene interés en conectarse. Prefiere el diario. Mientras miraba las noticias los banners lo distraían. Uno de ellos logró su cometido; vendían una casa en Junín de los Andes a la que accedía con sus pocos ahorros. No había más que pensar, en estos días tomaría parte de las abultadas vacaciones pendientes, en su casa alegaría un viaje de trabajo que, pese a no resultar creíble —nunca tuvo uno—, nadie cuestionará y se iría a Junín. Constatada la papelería de rigor, y el estado de la cabaña, la compraría tras un ligero regateo. En pocos meses, ni bien se jubile, se irá a vivir allí, con su jubilación y algún ingreso por el alquiler a turistas de los cuartos libres, llegaría a fin de mes. Sólo le fastidiaba tener que hablar con esa gente, pero era mejor que hacerlo con los suyos. El plan incluía el modo de fugarse, una pequeña venganza tal vez. Simplemente desaparecería, sin avisar nada a su mujer (reducida a involuntaria compañera de residencia), ni a sus hijos (que incluyen sendas nueras), con quienes sólo lo une la distancia. Lucio cargó a desgano lo que quedaba de encuesta, tomó el número de teléfono del aviso y se fue relativamente contento. Tenía un banner plan.
22 de mayo de 2009
Y volví a irme sin que me echen
Una y cincuenta y cuatro de la matina aca en NY. Escribiendo la secuela de un post que no tuvo repercusión. Versión 2009 de la misma soledad que les habrá invadido tantas veces a tantos emigrantes. Sin embargo, para ser sinceros, las vueltas se hacen cada vez menos difíciles. Será que con cada viaje uno se hace un poquito más duro.
Saber cómo me siento en Bs As y cómo me siento acá es parte importante de la pregunta que tenés todo el tiempo encima: ¿valió la pena haberse ido? (que no es otra que: ¿cómo estaría si me hubiera quedado?) Uno cree que al estar tanto tiempo lejos, uno se va a desacostumbrar al caos que siempre es Bs As. Pero no, uno no deja de ser porteño nunca, parece. Eso sí, el mapa me lo estoy olvidando. La de calles que me olvidé, que no recordaba el nombre, que no sabía sus alturas! A la inversa, como me aclimaté tan bien a Bs As (y con el agravante de unas largas vacaciones), pensé que al llegar de vuelta acá iba a estar totalmente descolocado. Pero no, tampoco. Llegue acá y como si nada. Parece que te sale un interruptor, un pituto en la nuca que te pone en el modo adecuado de inmediato. (Hace cuánto que no escuchan (leen) esa palabra, "pituto"?)
Cuando me hice la pregunta de cómo vería a Bs As después de dos semanas de estar allá, tenía miedo de la respuesta. De adorarla o de odiarla. Pero no. Ni me fui de allá corriendo porque no soportaba más, ni se me dió por empezar a pensar que es el único lugar en el mundo. Si alguien está leyendo esto buscando drama, la pifió de post.
...
Pasaron 2 días desde que guardé el borrador de este post. Lo acabo de releer y curiosamente coincido con una buena parte de lo que escribí hace ya 48 horas. Iba a continuarlo, pero ya que vengo usando el rótulo de shocks culturales para esta serie, voy a parar aca así dejo el lugar a otro post con la descripción de los hechos que presencié hoy mismo. Pero no sé si estoy todavía preparado para describirlos. Antes, tengo que entenderlos.
Saludos, se los extraña.
Saber cómo me siento en Bs As y cómo me siento acá es parte importante de la pregunta que tenés todo el tiempo encima: ¿valió la pena haberse ido? (que no es otra que: ¿cómo estaría si me hubiera quedado?) Uno cree que al estar tanto tiempo lejos, uno se va a desacostumbrar al caos que siempre es Bs As. Pero no, uno no deja de ser porteño nunca, parece. Eso sí, el mapa me lo estoy olvidando. La de calles que me olvidé, que no recordaba el nombre, que no sabía sus alturas! A la inversa, como me aclimaté tan bien a Bs As (y con el agravante de unas largas vacaciones), pensé que al llegar de vuelta acá iba a estar totalmente descolocado. Pero no, tampoco. Llegue acá y como si nada. Parece que te sale un interruptor, un pituto en la nuca que te pone en el modo adecuado de inmediato. (Hace cuánto que no escuchan (leen) esa palabra, "pituto"?)
Cuando me hice la pregunta de cómo vería a Bs As después de dos semanas de estar allá, tenía miedo de la respuesta. De adorarla o de odiarla. Pero no. Ni me fui de allá corriendo porque no soportaba más, ni se me dió por empezar a pensar que es el único lugar en el mundo. Si alguien está leyendo esto buscando drama, la pifió de post.
...
Pasaron 2 días desde que guardé el borrador de este post. Lo acabo de releer y curiosamente coincido con una buena parte de lo que escribí hace ya 48 horas. Iba a continuarlo, pero ya que vengo usando el rótulo de shocks culturales para esta serie, voy a parar aca así dejo el lugar a otro post con la descripción de los hechos que presencié hoy mismo. Pero no sé si estoy todavía preparado para describirlos. Antes, tengo que entenderlos.
Saludos, se los extraña.
11 de mayo de 2009
un guaymallén
Este blog trata acerca de la distancia, de los traslados a regiones lejanas, de las costumbres de aquí y de allá, de los afectos y su mantenimiento y, también, en honor a su título, de alfajores. Alfajores que, como es sabido, y se ilustra en el blog, los hay de variadas formas, tamaños, rellenos, coberturas y precios. Quienes estamos anclados aquí, cada tanto, abrimos la boca para comer alguno. Y yo, anclado aquí, en la tierra de los alfajores, hace poco, abrí la boca y comí uno. Precisamente, un guaymallén, como indica el título. Fue una pequeña vuelta al guardapolvo blanco de escuela municipal, cuyo bolsillo lateral lo albergaba con justeza: parecía hecho a medida; los jorgito, en cambio, no calzaban con la precisión alemana que sí el guaymallén. Su sabor no desilusionó, quizá, por influencia de esa vuelta en el tiempo, que hace poco también experimenté con un biznike (galletita cubierta en chocolate a la que encontré en su denominación original y, también, rebautizado de un modo que, obviamente, no pude retener). Este tramo es aquél en el que valdría invitar al lector a hacer una apuesta acerca del precio del guaymallén en el mercado… mmmh no, perdió. En la estación de trenes de Retiro, y también en los quioscos aledaños, se consiguen por 50 centavos de peso, esto es, algo menos de 15 centavos de dólar americano, menos de medio pasaje de colectivo porteño (en su versión más barata). Una verdadera ganga. Por último, sugiero entrar en la web del alfajor-guaymallén.com.ar
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