Internet permite divagar o, según se vea, distraerse. Quizá permita cambiar la vida.
Lo cierto es que Lucio estaba harto de ingresar los datos sobre el detergente concentrado, que había recabado algún joven estudiante de algo, encuestando a una señora entrada en años y, luego, volcado poco prolijamente en una planilla estándar.
Como casi todas las jornadas, Lucio se quejaba, para sí, de esa característica falta de prolijidad de los jóvenes de hoy, y recordaba que en sus inicios en la consultora, cuando aún estudiaba, él era mucho más detallista y meticuloso que los jóvenes de ahora; su letra era legible, su ortografía rayana en el ideal, y encomiable su habilidad para no salirse de los casilleros preestablecidos.
Además de quejarse, Lucio, como casi todas las jornadas, tejía hipótesis conspirativas, clasificando las encuestas en tres categorías, las genuinas, las falsas y las mixtas (estas últimas, una rareza que le ocurría cuando se convencía de que ciertos formularios tenían un punto de inflexión entre el trabajo honesto y el llenado espurio). Con base en una adaptación libre de su propia experiencia, especulaba que ante una sugerencia más o menos explícita de alguno de los sujetos intervinientes en la encuesta, el joven estudiante y el ama de casa conocedora de detergentes se dedicaban a mejores menesteres. Según esa especulación, luego, el joven, completaba los casilleros pendientes de acuerdo a lo que él creía que su encuestada-encamada contestaría.
Volvamos. Internet permite divagar. Y si bien Lucio ya divagaba sin la internet, harto de la mentira del encuestador (al que nunca denunciaría ante su jefe, claro), se conectó a un diario on-line para ver qué titulares aparecían. Lucio es uno de los pocos privilegiados de la jerarquía intermedia que tiene acceso a la red en su terminal. Es que tantos años para la consultora no sólo le aseguran no ser despedido (su indemnización supera los meses por cobrar), también le dan este tipo de privilegios. En el Chat tiene 6 contactos con los que raramente tiene interés en conectarse. Prefiere el diario. Mientras miraba las noticias los banners lo distraían. Uno de ellos logró su cometido; vendían una casa en Junín de los Andes a la que accedía con sus pocos ahorros. No había más que pensar, en estos días tomaría parte de las abultadas vacaciones pendientes, en su casa alegaría un viaje de trabajo que, pese a no resultar creíble —nunca tuvo uno—, nadie cuestionará y se iría a Junín. Constatada la papelería de rigor, y el estado de la cabaña, la compraría tras un ligero regateo. En pocos meses, ni bien se jubile, se irá a vivir allí, con su jubilación y algún ingreso por el alquiler a turistas de los cuartos libres, llegaría a fin de mes. Sólo le fastidiaba tener que hablar con esa gente, pero era mejor que hacerlo con los suyos. El plan incluía el modo de fugarse, una pequeña venganza tal vez. Simplemente desaparecería, sin avisar nada a su mujer (reducida a involuntaria compañera de residencia), ni a sus hijos (que incluyen sendas nueras), con quienes sólo lo une la distancia. Lucio cargó a desgano lo que quedaba de encuesta, tomó el número de teléfono del aviso y se fue relativamente contento. Tenía un banner plan.
alfajor en falta: un blog pensado para hacer de la distancia algo virtual.
5 de junio de 2009
22 de mayo de 2009
Y volví a irme sin que me echen
Una y cincuenta y cuatro de la matina aca en NY. Escribiendo la secuela de un post que no tuvo repercusión. Versión 2009 de la misma soledad que les habrá invadido tantas veces a tantos emigrantes. Sin embargo, para ser sinceros, las vueltas se hacen cada vez menos difíciles. Será que con cada viaje uno se hace un poquito más duro.
Saber cómo me siento en Bs As y cómo me siento acá es parte importante de la pregunta que tenés todo el tiempo encima: ¿valió la pena haberse ido? (que no es otra que: ¿cómo estaría si me hubiera quedado?) Uno cree que al estar tanto tiempo lejos, uno se va a desacostumbrar al caos que siempre es Bs As. Pero no, uno no deja de ser porteño nunca, parece. Eso sí, el mapa me lo estoy olvidando. La de calles que me olvidé, que no recordaba el nombre, que no sabía sus alturas! A la inversa, como me aclimaté tan bien a Bs As (y con el agravante de unas largas vacaciones), pensé que al llegar de vuelta acá iba a estar totalmente descolocado. Pero no, tampoco. Llegue acá y como si nada. Parece que te sale un interruptor, un pituto en la nuca que te pone en el modo adecuado de inmediato. (Hace cuánto que no escuchan (leen) esa palabra, "pituto"?)
Cuando me hice la pregunta de cómo vería a Bs As después de dos semanas de estar allá, tenía miedo de la respuesta. De adorarla o de odiarla. Pero no. Ni me fui de allá corriendo porque no soportaba más, ni se me dió por empezar a pensar que es el único lugar en el mundo. Si alguien está leyendo esto buscando drama, la pifió de post.
...
Pasaron 2 días desde que guardé el borrador de este post. Lo acabo de releer y curiosamente coincido con una buena parte de lo que escribí hace ya 48 horas. Iba a continuarlo, pero ya que vengo usando el rótulo de shocks culturales para esta serie, voy a parar aca así dejo el lugar a otro post con la descripción de los hechos que presencié hoy mismo. Pero no sé si estoy todavía preparado para describirlos. Antes, tengo que entenderlos.
Saludos, se los extraña.
Saber cómo me siento en Bs As y cómo me siento acá es parte importante de la pregunta que tenés todo el tiempo encima: ¿valió la pena haberse ido? (que no es otra que: ¿cómo estaría si me hubiera quedado?) Uno cree que al estar tanto tiempo lejos, uno se va a desacostumbrar al caos que siempre es Bs As. Pero no, uno no deja de ser porteño nunca, parece. Eso sí, el mapa me lo estoy olvidando. La de calles que me olvidé, que no recordaba el nombre, que no sabía sus alturas! A la inversa, como me aclimaté tan bien a Bs As (y con el agravante de unas largas vacaciones), pensé que al llegar de vuelta acá iba a estar totalmente descolocado. Pero no, tampoco. Llegue acá y como si nada. Parece que te sale un interruptor, un pituto en la nuca que te pone en el modo adecuado de inmediato. (Hace cuánto que no escuchan (leen) esa palabra, "pituto"?)
Cuando me hice la pregunta de cómo vería a Bs As después de dos semanas de estar allá, tenía miedo de la respuesta. De adorarla o de odiarla. Pero no. Ni me fui de allá corriendo porque no soportaba más, ni se me dió por empezar a pensar que es el único lugar en el mundo. Si alguien está leyendo esto buscando drama, la pifió de post.
...
Pasaron 2 días desde que guardé el borrador de este post. Lo acabo de releer y curiosamente coincido con una buena parte de lo que escribí hace ya 48 horas. Iba a continuarlo, pero ya que vengo usando el rótulo de shocks culturales para esta serie, voy a parar aca así dejo el lugar a otro post con la descripción de los hechos que presencié hoy mismo. Pero no sé si estoy todavía preparado para describirlos. Antes, tengo que entenderlos.
Saludos, se los extraña.
11 de mayo de 2009
un guaymallén
Este blog trata acerca de la distancia, de los traslados a regiones lejanas, de las costumbres de aquí y de allá, de los afectos y su mantenimiento y, también, en honor a su título, de alfajores. Alfajores que, como es sabido, y se ilustra en el blog, los hay de variadas formas, tamaños, rellenos, coberturas y precios. Quienes estamos anclados aquí, cada tanto, abrimos la boca para comer alguno. Y yo, anclado aquí, en la tierra de los alfajores, hace poco, abrí la boca y comí uno. Precisamente, un guaymallén, como indica el título. Fue una pequeña vuelta al guardapolvo blanco de escuela municipal, cuyo bolsillo lateral lo albergaba con justeza: parecía hecho a medida; los jorgito, en cambio, no calzaban con la precisión alemana que sí el guaymallén. Su sabor no desilusionó, quizá, por influencia de esa vuelta en el tiempo, que hace poco también experimenté con un biznike (galletita cubierta en chocolate a la que encontré en su denominación original y, también, rebautizado de un modo que, obviamente, no pude retener). Este tramo es aquél en el que valdría invitar al lector a hacer una apuesta acerca del precio del guaymallén en el mercado… mmmh no, perdió. En la estación de trenes de Retiro, y también en los quioscos aledaños, se consiguen por 50 centavos de peso, esto es, algo menos de 15 centavos de dólar americano, menos de medio pasaje de colectivo porteño (en su versión más barata). Una verdadera ganga. Por último, sugiero entrar en la web del alfajor-guaymallén.com.ar
29 de abril de 2009
El que se va sin que lo echen
Una vez más estoy por acá. Y una vez más tengo esa mezcla de sensaciones tan difícilmente explicable. Por supuesto, está principalemente la idea de llegar a casa, ni bien pisás Ezeiza (e inclusive antes, en la sala de preembarque de donde quieras que salgas, cuando ya tenés a esa montaña de argentinos esperando el avión). También está el recuerdo de cómo estaba Buenos Aires cuando te fuiste la vez anterior. Y con el recuerdo, las comparaciones con lo que te encontrás ahora (y, sobre todo, con lo que te esperabas encontrar). Evaluás las coincidencias y las sorpresas (buenas y malas) y te aclimatás siempre mucho más rápidamente de lo que esperabas. Unos pocos días y la sensación general es como si jamás te hubieras ido. Después quedan los detalles, los precios de algunas cosas (antes, por lo barato, ahora por lo caro), negocios que ya no existen, torres ya construidas donde antes no había nada, más torres construyéndose, etc. Y las calles cuyo nombre ya no me acuerdo.
¿Cuál será mi sensación en dos semanas más?
¿Cuál será mi sensación en dos semanas más?
20 de abril de 2009
un deseo. una bienvenida
No lo despertó, como casi siempre ocurre, esa mecánica corporal que lo lleva a abrir los ojos unos minutos antes de las siete de la mañana, evitándole al reloj su programado desgarro sonoro. Lo despertó, en cambio, cierta ansiedad y, también, cierta alegría —no es común que se permita estar alegre, pero este día lo estaba—. Sus pasos sobre la alfombra de la habitación sonaron distintos, eran el eco de un caminar decidido y firme. Ya en el baño, dejó caer el agua caliente sobre su cuerpo por algunos minutos más que lo habitual, un pequeño lujo tras eliminar todo vestigio de transpiración. Es que las obligaciones habían quedado suspendidas, y la vuelta a ellas era imperceptible, tras el viaje que estaba por comenzar, y ya se disfrutaba.
El café, olía y sabía bien, como siempre, pero el contexto permitía disfrutarlo un poco más. Reparó, para su agrado, en los sonidos rutinarios: la cafetera chocando con la taza, la taza con el plato, el plato con la mesa; todo era un preludio armonioso.
También disfrutó del viaje hasta el avión que lo llevaría a destino. Condujo su auto al aeropuerto —según sus cálculos, convenía dejarlo estacionado allí que abonar por un servicio de remise— y la ruta se mostró apacible; antes, subirse y ponerlo en marcha aportaron lo suyo: el tablero azul, frente a la poca luz de una mañana que no se decidía a llegar, invitaba a jugar, podía ser un avión de guerra, una nave espacial, una auto de fórmula uno, o todo a la vez. Invitación aceptada. En el vuelo, disfrutó de la comida (lo que no es fácil), como si se tratara de la que sirven a quienes viajan en un asiento de primera, luego se acurrucó y durmió placidamente, sabía que en breve empezaría lo mejor.
El café, olía y sabía bien, como siempre, pero el contexto permitía disfrutarlo un poco más. Reparó, para su agrado, en los sonidos rutinarios: la cafetera chocando con la taza, la taza con el plato, el plato con la mesa; todo era un preludio armonioso.
También disfrutó del viaje hasta el avión que lo llevaría a destino. Condujo su auto al aeropuerto —según sus cálculos, convenía dejarlo estacionado allí que abonar por un servicio de remise— y la ruta se mostró apacible; antes, subirse y ponerlo en marcha aportaron lo suyo: el tablero azul, frente a la poca luz de una mañana que no se decidía a llegar, invitaba a jugar, podía ser un avión de guerra, una nave espacial, una auto de fórmula uno, o todo a la vez. Invitación aceptada. En el vuelo, disfrutó de la comida (lo que no es fácil), como si se tratara de la que sirven a quienes viajan en un asiento de primera, luego se acurrucó y durmió placidamente, sabía que en breve empezaría lo mejor.
16 de abril de 2009
La ilusión
Volveré a iniciar un relato, con el pasaje de un alimento por la garganta, sepan disculpar la reiteración. Es que he experimentado, hace instantes, una sensación que me provocó este vuelco al teclado (otrora pluma).
La cuestión es que, alguien, cuyo vínculo con mi jefe desconozco, lo vino a visitar. Por algún motivo (seguramente, vive en Perú, o fue de vacaciones allí), le trajo chocolates peruanos (de una fábrica cuyo website es: www.chocotejasdulciana.com.pe). Gentil, me convidó uno. Cordial, acepté. Fui a la cocina, coloqué digno café de filtro en una taza de loza (lógico, en estas latitudes), agua fría en una copa de vidrio y volví a sentarme frente a la compu para seguir con el trabajo y, a la vez, saborear el chocolate y el café.
El envoltorio era estándar para chocolates de free-shop, un envoltorio internacional (o global), podría decirse. Lo quité. Tomé el chocolate con la mano y lo mordí. Por algún motivo, las conexiones nerviosas llevaron al cerebro, en primer lugar, aquello que mis ojos vieron y, recién unos segundos más tarde, lo que mis papilas sintieron o saborearon.
Se veía un baño de chocolate, sobre una pasta (de apariencia también chocolatosa) que contenía unas nueces y algo parecido al dulce de leche. Sentí satisfacción. Mi cuerpo creó un sabor virtual, y yo ya podía percibirlo: auténtico chocolate, con nuestro dulce de leche y nueces. Era como cuando uno cierra los ojos y siente debajo (o arriba, según se prefiera) a Marcela Kloosterboer. En ese climax llegó lo que podríamos denominar la fase 1 del sabor (un ligero descontento). Es que, el chocolate no era lo que esperaba —no era un chocolate al gusto nuestro—, pero se podía comer. Algo más dulzón de lo ansiado, se parecía a chocolate barato de kiosco, con más grasa que cacao. Pero al cabo de unos instantes empezó a llegar la fase 2 del sabor. Lo que quienes hablan de vinos llaman, según recuerdo, “retrogusto”. El chocolate (o, a esta altura, diría “eso que comí”) ya estaba adentro. Y mi boca, vacía de sólidos, comenzó a experimentar un dejo de irritación, las nueces tomaron el gusto de flores marchitas, todo se inundó de un vaho a leche condensada, tan meloso y cursi como un disco de Luis Miguel. Hice, rapidamente, buches de café y agua, y pude, al menos, controlar la situación: vomitando la experiencia en este papel en lugar de hacer lo propio con el chocolate en el baño.
Ahora, me pregunto, será que es difícil hacer buenas cosas y que, en cambio, no lo es copiar sus formas, colores y consistencias. O será que el gusto propio de los ingredientes, por el agua del lugar, la altitud sobre el mar y vaya a saber que conjunto de cosas, hace irreproducible el sabor del terruño. En NYC, una vez, me pedí un helado, que de pinta era bueno, y su gusto era inexistente, era como comer la nada misma (lo cual, es menos malo que lo que me pasó hoy, claro). Quizá un yoni prueba un helado de acá y le empalaga, y añora el de su tienda de chico… que se yo.
La cuestión es que, alguien, cuyo vínculo con mi jefe desconozco, lo vino a visitar. Por algún motivo (seguramente, vive en Perú, o fue de vacaciones allí), le trajo chocolates peruanos (de una fábrica cuyo website es: www.chocotejasdulciana.com.pe). Gentil, me convidó uno. Cordial, acepté. Fui a la cocina, coloqué digno café de filtro en una taza de loza (lógico, en estas latitudes), agua fría en una copa de vidrio y volví a sentarme frente a la compu para seguir con el trabajo y, a la vez, saborear el chocolate y el café.
El envoltorio era estándar para chocolates de free-shop, un envoltorio internacional (o global), podría decirse. Lo quité. Tomé el chocolate con la mano y lo mordí. Por algún motivo, las conexiones nerviosas llevaron al cerebro, en primer lugar, aquello que mis ojos vieron y, recién unos segundos más tarde, lo que mis papilas sintieron o saborearon.
Se veía un baño de chocolate, sobre una pasta (de apariencia también chocolatosa) que contenía unas nueces y algo parecido al dulce de leche. Sentí satisfacción. Mi cuerpo creó un sabor virtual, y yo ya podía percibirlo: auténtico chocolate, con nuestro dulce de leche y nueces. Era como cuando uno cierra los ojos y siente debajo (o arriba, según se prefiera) a Marcela Kloosterboer. En ese climax llegó lo que podríamos denominar la fase 1 del sabor (un ligero descontento). Es que, el chocolate no era lo que esperaba —no era un chocolate al gusto nuestro—, pero se podía comer. Algo más dulzón de lo ansiado, se parecía a chocolate barato de kiosco, con más grasa que cacao. Pero al cabo de unos instantes empezó a llegar la fase 2 del sabor. Lo que quienes hablan de vinos llaman, según recuerdo, “retrogusto”. El chocolate (o, a esta altura, diría “eso que comí”) ya estaba adentro. Y mi boca, vacía de sólidos, comenzó a experimentar un dejo de irritación, las nueces tomaron el gusto de flores marchitas, todo se inundó de un vaho a leche condensada, tan meloso y cursi como un disco de Luis Miguel. Hice, rapidamente, buches de café y agua, y pude, al menos, controlar la situación: vomitando la experiencia en este papel en lugar de hacer lo propio con el chocolate en el baño.
Ahora, me pregunto, será que es difícil hacer buenas cosas y que, en cambio, no lo es copiar sus formas, colores y consistencias. O será que el gusto propio de los ingredientes, por el agua del lugar, la altitud sobre el mar y vaya a saber que conjunto de cosas, hace irreproducible el sabor del terruño. En NYC, una vez, me pedí un helado, que de pinta era bueno, y su gusto era inexistente, era como comer la nada misma (lo cual, es menos malo que lo que me pasó hoy, claro). Quizá un yoni prueba un helado de acá y le empalaga, y añora el de su tienda de chico… que se yo.
31 de marzo de 2009
La ansiedad, la tensión, la espera
que se acumula inevitablemente desde el momento en que comprás el pasaje para ir a Bs As. Una sensación bien difícil de describir. Más bien, una mezcla de sensaciones. Si hay algo seguro en todo esto, es que no es una sensación sola. Ni la misma mezcla todo el tiempo. A veces es simplemente ganas de estar allá, a veces (muchas) es la melancolía de saber que no estás más. Otras es intriga, o hasta miedo de lo que vas a encontrarte. Porque nunca encontrás a Bs As dos veces igual. Cambia demasiado. La ciudad cambia, la economía cambia, nosotros cambiamos. Y esta vez se hizo larga la espera. Cómo estarán todos por allá? En mi cabeza, claro, están exactamente igual que como los dejé en enero de 2008. Porque el mundo no continúa si yo no estoy, no? Todo se congela hasta el momento en que yo vuelvo.
Y cuando vuelvo, me entero de que no, que Bs As siguió bien tranquilita su vida y casi ni supo de mi ausencia. Y ahí te preguntás que mierda hacés ausente.
Y cuando vuelvo, me entero de que no, que Bs As siguió bien tranquilita su vida y casi ni supo de mi ausencia. Y ahí te preguntás que mierda hacés ausente.
16 de marzo de 2009
Muerte de un emigrado
Tragar se hacía cuesta arriba. El trozo de pollo asado se presentaba al paladar como un desafío denso, macizo, inconmensurable. José trataba de centrar su vista en él, para no distraerse y, al fin, acabarlo. Desde luego, no lo hacía por gusto, ni, tampoco, para mejorar su salud, como le prometía, falsa e irritantemente, la enfermera. Lo hacía porque a sus 80 y tantos seguía teniendo cierta disposición a cumplir con las normas impuestas, por más estúpidas que fueran. Y la regla en cuestión ordenaba comer lo servido. Ni por un momento se detuvo a pensar si el hecho de haberse tenido que adaptar a las reglas de un país extraño contribuyó a formar ese carácter. Sólo reparaba en su pollo, seco, insípido y pequeño (y sin embargo, también, interminable). Pensó, sí, aunque vagamente, en aquellas comidas que alguna vez lo reconfortaban; inmediatamente, lo inundó una sensación amarga: esos placeres eran cosa del pasado. Un pasado muerto y seco, como su pollo. Un pasado en el que nunca fue feliz, añorando algo que no supo precisar ni, mucho menos, conseguir. Su rutina cansina, y adaptada a nuevas costumbres, lo conformó. Al fin y al cabo, la felicidad no existe. Y encontraba la explicación en el hecho de que la gente no valiese la pena. El hombre era un animal desagradable, se auto-decía. La gente de acá no vale la pena, estaba convencido. La de allá tampoco lo vale, también se convenció (pensar que con los años, su gente se convirtió en un conjunto de extraños). En definitiva, siempre estamos solos, reflexionaba. En lo trascendente estamos solos. Y así, sólo, entre burócratas de la seguridad social, con un dolor cuyo origen no supo precisar, José murió (sin acatar la última orden recibida).
4 de marzo de 2009
De vasitos de papel y otras formas de ver el mundo
Hace tiempo que elaboré esta teoría. Por su puesto, tomando un café una tarde de domingo con frío. Una teoría un tanto deprimente, sí, pero no más que un domingo con frío.
El barcito está bastante lindo. Estándar de estética americana, pero bien. Arriba del promedio. Un barcito con bastantes mesas y muy concurrido porque es el único de un pueblito que surgió alrededor de una de esas universidades que tienen acá en el medio de la nada. Acá, si querés un café, o se lo pedís a alguien en un mostrador o te lo servís vos mismo y después vas a la caja a pagarlo. Si te mandás directo a una mesa, nadie va a venir a preguntarte qué querés (tal vez, venga alguien a echarte porque no se puede estar sin consumir). Como yo en general me pido un “espresso” (si pido café, me dan un vaso gigante de café de filtro aguado), me mando directo al mostrador. Pago, y me llevo el café a la mesa. Eficiente, sí, pero no deja de ser un garrón. Qué querés, a mí me gusta sentarme y que alguien venga a preguntarme qué quiero, que para eso lo pago, el café. Independientemente de qué tan bien puesto esté el bolichito, la tacita en la que te sirven el famoso “espresso” es de papel. Y en eso es en lo que me puse a pensar, en esa mesita de un bar de un pueblo perdido en el medio de Massachusetts, al lado de la universidad. Pobre Bibi, me tuvo que escuchar discurrir por media hora.
Nadie, pero NADIE, se pregunta por qué vasitos de papel en lugar de tacitas de café como corresponde. Como un café requiere. Te juro, pueden jactarse de tener cafés de todos lados del mundo. Cafés orgánicos, “fair trade” (que es un excelente tema para otro post, recordámelo si no lo hago), keniatas, colombianos, javaneses, en serio, lo que se te ocurra lo tienen. Y se la dan de gourmet, para colmo. Te pueden decir que es el mejor café del planeta (y no lo voy a discutir, las comparaciones con el Bonafide recién molido son odiosas), pero te lo dan en un vasito de papel. Y no tienen la más puta idea de por qué está tan mal hacerlo. No saben siquiera que está mal. No saben que se puede gozar mucho más del café con un mínimo de ceremonia. Aunque el café sea más berreta. Y te juro que trato de acostumbrarme, de amalgamarme, de incorporarme un poquito en la cultura que me rodea, así me siento un poquito menos extraño, pero es difícil, che. Con algunas cosas es muy difícil. Con nuestra cultura del café como un símbolo de tantas cosas al mismo tiempo, ¿cómo podés aceptar un vasito de papel? Todos sabemos que es lo único que se pareció a la vieja de Discépolo; ¿te la imaginás con vasitos de papel?
Pero, como siempre, me voy por las ramas. Volvamos al tema: el problema no es en realidad que te sirven el café en vasitos de papel. El problema es que no saben que es mucho mejor servirlos en una tacita. Y me puse a pensar en eso y terminé aceptando que en este país, el vasito de papel era realmente la única posibilidad. Si mirás como viven, te vas a dar cuenta que no tiene sentido perder el tiempo con tacitas de cerámica ¿Para qué? Así es como viven. De una manera muy práctica, muy eficiente. Si ves las casas es lo mismo. Podés pisar una mansión de 300 o 400 m2 que puede costar arriba de 1 palo verde y la sensación es la misma. Las paredes son de cartón. Mirás fijo a los muebles de la cocina y se desarman. Vas a un restaurant donde te matan 50-80 dólares por cabeza la cena (sin vino) y las plantas son de plástico. Es así. Y tratando de entender por qué, poco a poco llegué a la conclusión de que todos los pequeños detalles que hacen al entorno han perdido toda importancia. Sobre todo, aquello que da idea de continuidad, de estabilidad, de arraigo, es lo que más sufre. Como si se hubiera erradicado todo aquello que tiende a retenerte en tu lugar.
Y no debería ser sorprendente. Este es un país en el que la gente se muda cada 4-5 años. No de barrio, sino de ciudad, de estado. La gente consigue un trabajo un poco mejor pago en la otra punta del país y no duda en dejar todo e irse ¿Quién va a querer construir una casa de ladrillos si quizás en unos pocos años la tenga que vender para irse por un laburo? Pero el problema no se acaba ahí. Uno puede aceptar el café en vasitos de papel o casas de cartón y madera corrugada. Pero lo mismo pasa con las amistades. Con la familia. La gente no genera un vínculo duradero, real, profundo. Y eso tiene un motivo. La gente no lo genera porque es muy probable que ese vínculo se rompa en poco tiempo, porque uno o u otro se manda a mudar lejos, vaya uno a saber a dónde. Es preferible una mascota, que te la podés llevar. Un vínculo fuerte es un motivo de arraigo, y eso contraría la idea de éxito laboral al disminuir el incentivo a mudarse por un sueldo mejor. No creo que sea algo consciente, sino más bien una tendencia presente desde hace mucho tiempo, que gradualmente destruyó todo un aspecto de la concepción del mundo por parte del americano medio. Por ahí empezó con pequeñas cosas y con los años, gradualmente, fue evolucionando hacia lo que es ahora. Son tantas cosas las que uno puede identificar, los vasitos de papel, la calidad de la construcción, el cuero de los zapatos, los muebles, las plantas de plástico, las mascotas chiquitas.
Y más aún, es un todo que genera un estado de ánimo particular. La gente se concentra en el objetivo, olvidándose del resto. Parece que no, pero creo que está relacionado: Cuando la gente va a comer a un restaurant, la gente va a comer. El objetivo principal es la cena. Y eso es algo que me tomó un par de años entender. Vos sabés como es para nosotros: la gente va a juntarse en un lugar donde se come. El objetivo no es la cena, sino juntarse. Claro, comiendo bien siempre es mejor. Acá lo vés todo el tiempo: 1) el grupo llega bastante puntual, todos de distintos puntos y cada uno en un auto; 2) se juntan en la mesa que claramente estaba reservada desde hace varios días; 3) se saludan, y charlan 2-3 minutos antes de ver detalladamente el menú; 4) piden, y charlan un rato mientras esperan la comida; 5) la comida llega, en general después de una espera bastante corta; 6) se come, con distintos grados de charla, dependiendo del grupo; 7) se pide la cuenta y se paga, en general cada uno lo que consumió, no se divide; 8) la gente se despide y se va cada uno por su lado. Sin estirar la charla, sin sobremesas, sin cafecitos en otro lado. No es que siempre sea así, por supuesto, pero es una descripción de una reunión normal. Lo mismo pasa en las casas. Acá hay hora de llegada y hora de salida de las fiestas. Y se es puntual con ambas. Y cuando es una reunión, sin hora especificada de salida, la gente se va en masa después del postre. Lo único que hace falta es que se levante el primero, para iniciar una salida global. Te juro, se van TODOS. Al mismo tiempo. Increíble, pero es así.
En estas cosas pensaba ese domingo frío en el único café de Williamstown, MA. Seguramente la idea fue mutando en mi cabeza, porque creo que es inclusive del invierno (boreal) pasado. Por ahí me mande con una segunda parte, para decir todo lo que en realidad quise decir y no dije. Desarraigo, desinterés por ciertos detalles, incapacidad de generar lazos afectivos duraderos, diferencias fundamentales en el objetivo principal de una actividad social, como juntarse a cenar o tomar un café. Todo parte de un mismo fenómeno y que un día pensé que podía ser simbolizado por un café en un vasito de papel.
Ale
El barcito está bastante lindo. Estándar de estética americana, pero bien. Arriba del promedio. Un barcito con bastantes mesas y muy concurrido porque es el único de un pueblito que surgió alrededor de una de esas universidades que tienen acá en el medio de la nada. Acá, si querés un café, o se lo pedís a alguien en un mostrador o te lo servís vos mismo y después vas a la caja a pagarlo. Si te mandás directo a una mesa, nadie va a venir a preguntarte qué querés (tal vez, venga alguien a echarte porque no se puede estar sin consumir). Como yo en general me pido un “espresso” (si pido café, me dan un vaso gigante de café de filtro aguado), me mando directo al mostrador. Pago, y me llevo el café a la mesa. Eficiente, sí, pero no deja de ser un garrón. Qué querés, a mí me gusta sentarme y que alguien venga a preguntarme qué quiero, que para eso lo pago, el café. Independientemente de qué tan bien puesto esté el bolichito, la tacita en la que te sirven el famoso “espresso” es de papel. Y en eso es en lo que me puse a pensar, en esa mesita de un bar de un pueblo perdido en el medio de Massachusetts, al lado de la universidad. Pobre Bibi, me tuvo que escuchar discurrir por media hora.
Nadie, pero NADIE, se pregunta por qué vasitos de papel en lugar de tacitas de café como corresponde. Como un café requiere. Te juro, pueden jactarse de tener cafés de todos lados del mundo. Cafés orgánicos, “fair trade” (que es un excelente tema para otro post, recordámelo si no lo hago), keniatas, colombianos, javaneses, en serio, lo que se te ocurra lo tienen. Y se la dan de gourmet, para colmo. Te pueden decir que es el mejor café del planeta (y no lo voy a discutir, las comparaciones con el Bonafide recién molido son odiosas), pero te lo dan en un vasito de papel. Y no tienen la más puta idea de por qué está tan mal hacerlo. No saben siquiera que está mal. No saben que se puede gozar mucho más del café con un mínimo de ceremonia. Aunque el café sea más berreta. Y te juro que trato de acostumbrarme, de amalgamarme, de incorporarme un poquito en la cultura que me rodea, así me siento un poquito menos extraño, pero es difícil, che. Con algunas cosas es muy difícil. Con nuestra cultura del café como un símbolo de tantas cosas al mismo tiempo, ¿cómo podés aceptar un vasito de papel? Todos sabemos que es lo único que se pareció a la vieja de Discépolo; ¿te la imaginás con vasitos de papel?
Pero, como siempre, me voy por las ramas. Volvamos al tema: el problema no es en realidad que te sirven el café en vasitos de papel. El problema es que no saben que es mucho mejor servirlos en una tacita. Y me puse a pensar en eso y terminé aceptando que en este país, el vasito de papel era realmente la única posibilidad. Si mirás como viven, te vas a dar cuenta que no tiene sentido perder el tiempo con tacitas de cerámica ¿Para qué? Así es como viven. De una manera muy práctica, muy eficiente. Si ves las casas es lo mismo. Podés pisar una mansión de 300 o 400 m2 que puede costar arriba de 1 palo verde y la sensación es la misma. Las paredes son de cartón. Mirás fijo a los muebles de la cocina y se desarman. Vas a un restaurant donde te matan 50-80 dólares por cabeza la cena (sin vino) y las plantas son de plástico. Es así. Y tratando de entender por qué, poco a poco llegué a la conclusión de que todos los pequeños detalles que hacen al entorno han perdido toda importancia. Sobre todo, aquello que da idea de continuidad, de estabilidad, de arraigo, es lo que más sufre. Como si se hubiera erradicado todo aquello que tiende a retenerte en tu lugar.
Y no debería ser sorprendente. Este es un país en el que la gente se muda cada 4-5 años. No de barrio, sino de ciudad, de estado. La gente consigue un trabajo un poco mejor pago en la otra punta del país y no duda en dejar todo e irse ¿Quién va a querer construir una casa de ladrillos si quizás en unos pocos años la tenga que vender para irse por un laburo? Pero el problema no se acaba ahí. Uno puede aceptar el café en vasitos de papel o casas de cartón y madera corrugada. Pero lo mismo pasa con las amistades. Con la familia. La gente no genera un vínculo duradero, real, profundo. Y eso tiene un motivo. La gente no lo genera porque es muy probable que ese vínculo se rompa en poco tiempo, porque uno o u otro se manda a mudar lejos, vaya uno a saber a dónde. Es preferible una mascota, que te la podés llevar. Un vínculo fuerte es un motivo de arraigo, y eso contraría la idea de éxito laboral al disminuir el incentivo a mudarse por un sueldo mejor. No creo que sea algo consciente, sino más bien una tendencia presente desde hace mucho tiempo, que gradualmente destruyó todo un aspecto de la concepción del mundo por parte del americano medio. Por ahí empezó con pequeñas cosas y con los años, gradualmente, fue evolucionando hacia lo que es ahora. Son tantas cosas las que uno puede identificar, los vasitos de papel, la calidad de la construcción, el cuero de los zapatos, los muebles, las plantas de plástico, las mascotas chiquitas.
Y más aún, es un todo que genera un estado de ánimo particular. La gente se concentra en el objetivo, olvidándose del resto. Parece que no, pero creo que está relacionado: Cuando la gente va a comer a un restaurant, la gente va a comer. El objetivo principal es la cena. Y eso es algo que me tomó un par de años entender. Vos sabés como es para nosotros: la gente va a juntarse en un lugar donde se come. El objetivo no es la cena, sino juntarse. Claro, comiendo bien siempre es mejor. Acá lo vés todo el tiempo: 1) el grupo llega bastante puntual, todos de distintos puntos y cada uno en un auto; 2) se juntan en la mesa que claramente estaba reservada desde hace varios días; 3) se saludan, y charlan 2-3 minutos antes de ver detalladamente el menú; 4) piden, y charlan un rato mientras esperan la comida; 5) la comida llega, en general después de una espera bastante corta; 6) se come, con distintos grados de charla, dependiendo del grupo; 7) se pide la cuenta y se paga, en general cada uno lo que consumió, no se divide; 8) la gente se despide y se va cada uno por su lado. Sin estirar la charla, sin sobremesas, sin cafecitos en otro lado. No es que siempre sea así, por supuesto, pero es una descripción de una reunión normal. Lo mismo pasa en las casas. Acá hay hora de llegada y hora de salida de las fiestas. Y se es puntual con ambas. Y cuando es una reunión, sin hora especificada de salida, la gente se va en masa después del postre. Lo único que hace falta es que se levante el primero, para iniciar una salida global. Te juro, se van TODOS. Al mismo tiempo. Increíble, pero es así.
En estas cosas pensaba ese domingo frío en el único café de Williamstown, MA. Seguramente la idea fue mutando en mi cabeza, porque creo que es inclusive del invierno (boreal) pasado. Por ahí me mande con una segunda parte, para decir todo lo que en realidad quise decir y no dije. Desarraigo, desinterés por ciertos detalles, incapacidad de generar lazos afectivos duraderos, diferencias fundamentales en el objetivo principal de una actividad social, como juntarse a cenar o tomar un café. Todo parte de un mismo fenómeno y que un día pensé que podía ser simbolizado por un café en un vasito de papel.
Ale
27 de febrero de 2009
Hola, qué tal por allá?
Por acá? Pfff... de maravilla. Por los putos trámites de residencia, permisos, visados... en cualquier momento me ven por BAires de nuevo. Y no es joda. :(
Suscribirse a:
Entradas (Atom)