alfajor en falta: un blog pensado para hacer de la distancia algo virtual.

29 de abril de 2009

El que se va sin que lo echen

Una vez más estoy por acá. Y una vez más tengo esa mezcla de sensaciones tan difícilmente explicable. Por supuesto, está principalemente la idea de llegar a casa, ni bien pisás Ezeiza (e inclusive antes, en la sala de preembarque de donde quieras que salgas, cuando ya tenés a esa montaña de argentinos esperando el avión). También está el recuerdo de cómo estaba Buenos Aires cuando te fuiste la vez anterior. Y con el recuerdo, las comparaciones con lo que te encontrás ahora (y, sobre todo, con lo que te esperabas encontrar). Evaluás las coincidencias y las sorpresas (buenas y malas) y te aclimatás siempre mucho más rápidamente de lo que esperabas. Unos pocos días y la sensación general es como si jamás te hubieras ido. Después quedan los detalles, los precios de algunas cosas (antes, por lo barato, ahora por lo caro), negocios que ya no existen, torres ya construidas donde antes no había nada, más torres construyéndose, etc. Y las calles cuyo nombre ya no me acuerdo.
¿Cuál será mi sensación en dos semanas más?

20 de abril de 2009

un deseo. una bienvenida

No lo despertó, como casi siempre ocurre, esa mecánica corporal que lo lleva a abrir los ojos unos minutos antes de las siete de la mañana, evitándole al reloj su programado desgarro sonoro. Lo despertó, en cambio, cierta ansiedad y, también, cierta alegría —no es común que se permita estar alegre, pero este día lo estaba—. Sus pasos sobre la alfombra de la habitación sonaron distintos, eran el eco de un caminar decidido y firme. Ya en el baño, dejó caer el agua caliente sobre su cuerpo por algunos minutos más que lo habitual, un pequeño lujo tras eliminar todo vestigio de transpiración. Es que las obligaciones habían quedado suspendidas, y la vuelta a ellas era imperceptible, tras el viaje que estaba por comenzar, y ya se disfrutaba.
El café, olía y sabía bien, como siempre, pero el contexto permitía disfrutarlo un poco más. Reparó, para su agrado, en los sonidos rutinarios: la cafetera chocando con la taza, la taza con el plato, el plato con la mesa; todo era un preludio armonioso.
También disfrutó del viaje hasta el avión que lo llevaría a destino. Condujo su auto al aeropuerto —según sus cálculos, convenía dejarlo estacionado allí que abonar por un servicio de remise— y la ruta se mostró apacible; antes, subirse y ponerlo en marcha aportaron lo suyo: el tablero azul, frente a la poca luz de una mañana que no se decidía a llegar, invitaba a jugar, podía ser un avión de guerra, una nave espacial, una auto de fórmula uno, o todo a la vez. Invitación aceptada. En el vuelo, disfrutó de la comida (lo que no es fácil), como si se tratara de la que sirven a quienes viajan en un asiento de primera, luego se acurrucó y durmió placidamente, sabía que en breve empezaría lo mejor.

16 de abril de 2009

La ilusión

Volveré a iniciar un relato, con el pasaje de un alimento por la garganta, sepan disculpar la reiteración. Es que he experimentado, hace instantes, una sensación que me provocó este vuelco al teclado (otrora pluma).
La cuestión es que, alguien, cuyo vínculo con mi jefe desconozco, lo vino a visitar. Por algún motivo (seguramente, vive en Perú, o fue de vacaciones allí), le trajo chocolates peruanos (de una fábrica cuyo website es: www.chocotejasdulciana.com.pe). Gentil, me convidó uno. Cordial, acepté. Fui a la cocina, coloqué digno café de filtro en una taza de loza (lógico, en estas latitudes), agua fría en una copa de vidrio y volví a sentarme frente a la compu para seguir con el trabajo y, a la vez, saborear el chocolate y el café.
El envoltorio era estándar para chocolates de free-shop, un envoltorio internacional (o global), podría decirse. Lo quité. Tomé el chocolate con la mano y lo mordí. Por algún motivo, las conexiones nerviosas llevaron al cerebro, en primer lugar, aquello que mis ojos vieron y, recién unos segundos más tarde, lo que mis papilas sintieron o saborearon.
Se veía un baño de chocolate, sobre una pasta (de apariencia también chocolatosa) que contenía unas nueces y algo parecido al dulce de leche. Sentí satisfacción. Mi cuerpo creó un sabor virtual, y yo ya podía percibirlo: auténtico chocolate, con nuestro dulce de leche y nueces. Era como cuando uno cierra los ojos y siente debajo (o arriba, según se prefiera) a Marcela Kloosterboer. En ese climax llegó lo que podríamos denominar la fase 1 del sabor (un ligero descontento). Es que, el chocolate no era lo que esperaba —no era un chocolate al gusto nuestro—, pero se podía comer. Algo más dulzón de lo ansiado, se parecía a chocolate barato de kiosco, con más grasa que cacao. Pero al cabo de unos instantes empezó a llegar la fase 2 del sabor. Lo que quienes hablan de vinos llaman, según recuerdo, “retrogusto”. El chocolate (o, a esta altura, diría “eso que comí”) ya estaba adentro. Y mi boca, vacía de sólidos, comenzó a experimentar un dejo de irritación, las nueces tomaron el gusto de flores marchitas, todo se inundó de un vaho a leche condensada, tan meloso y cursi como un disco de Luis Miguel. Hice, rapidamente, buches de café y agua, y pude, al menos, controlar la situación: vomitando la experiencia en este papel en lugar de hacer lo propio con el chocolate en el baño.
Ahora, me pregunto, será que es difícil hacer buenas cosas y que, en cambio, no lo es copiar sus formas, colores y consistencias. O será que el gusto propio de los ingredientes, por el agua del lugar, la altitud sobre el mar y vaya a saber que conjunto de cosas, hace irreproducible el sabor del terruño. En NYC, una vez, me pedí un helado, que de pinta era bueno, y su gusto era inexistente, era como comer la nada misma (lo cual, es menos malo que lo que me pasó hoy, claro). Quizá un yoni prueba un helado de acá y le empalaga, y añora el de su tienda de chico… que se yo.

31 de marzo de 2009

La ansiedad, la tensión, la espera

que se acumula inevitablemente desde el momento en que comprás el pasaje para ir a Bs As. Una sensación bien difícil de describir. Más bien, una mezcla de sensaciones. Si hay algo seguro en todo esto, es que no es una sensación sola. Ni la misma mezcla todo el tiempo. A veces es simplemente ganas de estar allá, a veces (muchas) es la melancolía de saber que no estás más. Otras es intriga, o hasta miedo de lo que vas a encontrarte. Porque nunca encontrás a Bs As dos veces igual. Cambia demasiado. La ciudad cambia, la economía cambia, nosotros cambiamos. Y esta vez se hizo larga la espera. Cómo estarán todos por allá? En mi cabeza, claro, están exactamente igual que como los dejé en enero de 2008. Porque el mundo no continúa si yo no estoy, no? Todo se congela hasta el momento en que yo vuelvo.
Y cuando vuelvo, me entero de que no, que Bs As siguió bien tranquilita su vida y casi ni supo de mi ausencia. Y ahí te preguntás que mierda hacés ausente.

16 de marzo de 2009

Muerte de un emigrado

Tragar se hacía cuesta arriba. El trozo de pollo asado se presentaba al paladar como un desafío denso, macizo, inconmensurable. José trataba de centrar su vista en él, para no distraerse y, al fin, acabarlo. Desde luego, no lo hacía por gusto, ni, tampoco, para mejorar su salud, como le prometía, falsa e irritantemente, la enfermera. Lo hacía porque a sus 80 y tantos seguía teniendo cierta disposición a cumplir con las normas impuestas, por más estúpidas que fueran. Y la regla en cuestión ordenaba comer lo servido. Ni por un momento se detuvo a pensar si el hecho de haberse tenido que adaptar a las reglas de un país extraño contribuyó a formar ese carácter. Sólo reparaba en su pollo, seco, insípido y pequeño (y sin embargo, también, interminable). Pensó, sí, aunque vagamente, en aquellas comidas que alguna vez lo reconfortaban; inmediatamente, lo inundó una sensación amarga: esos placeres eran cosa del pasado. Un pasado muerto y seco, como su pollo. Un pasado en el que nunca fue feliz, añorando algo que no supo precisar ni, mucho menos, conseguir. Su rutina cansina, y adaptada a nuevas costumbres, lo conformó. Al fin y al cabo, la felicidad no existe. Y encontraba la explicación en el hecho de que la gente no valiese la pena. El hombre era un animal desagradable, se auto-decía. La gente de acá no vale la pena, estaba convencido. La de allá tampoco lo vale, también se convenció (pensar que con los años, su gente se convirtió en un conjunto de extraños). En definitiva, siempre estamos solos, reflexionaba. En lo trascendente estamos solos. Y así, sólo, entre burócratas de la seguridad social, con un dolor cuyo origen no supo precisar, José murió (sin acatar la última orden recibida).

4 de marzo de 2009

De vasitos de papel y otras formas de ver el mundo

Hace tiempo que elaboré esta teoría. Por su puesto, tomando un café una tarde de domingo con frío. Una teoría un tanto deprimente, sí, pero no más que un domingo con frío.
El barcito está bastante lindo. Estándar de estética americana, pero bien. Arriba del promedio. Un barcito con bastantes mesas y muy concurrido porque es el único de un pueblito que surgió alrededor de una de esas universidades que tienen acá en el medio de la nada. Acá, si querés un café, o se lo pedís a alguien en un mostrador o te lo servís vos mismo y después vas a la caja a pagarlo. Si te mandás directo a una mesa, nadie va a venir a preguntarte qué querés (tal vez, venga alguien a echarte porque no se puede estar sin consumir). Como yo en general me pido un “espresso” (si pido café, me dan un vaso gigante de café de filtro aguado), me mando directo al mostrador. Pago, y me llevo el café a la mesa. Eficiente, sí, pero no deja de ser un garrón. Qué querés, a mí me gusta sentarme y que alguien venga a preguntarme qué quiero, que para eso lo pago, el café. Independientemente de qué tan bien puesto esté el bolichito, la tacita en la que te sirven el famoso “espresso” es de papel. Y en eso es en lo que me puse a pensar, en esa mesita de un bar de un pueblo perdido en el medio de Massachusetts, al lado de la universidad. Pobre Bibi, me tuvo que escuchar discurrir por media hora.
Nadie, pero NADIE, se pregunta por qué vasitos de papel en lugar de tacitas de café como corresponde. Como un café requiere. Te juro, pueden jactarse de tener cafés de todos lados del mundo. Cafés orgánicos, “fair trade” (que es un excelente tema para otro post, recordámelo si no lo hago), keniatas, colombianos, javaneses, en serio, lo que se te ocurra lo tienen. Y se la dan de gourmet, para colmo. Te pueden decir que es el mejor café del planeta (y no lo voy a discutir, las comparaciones con el Bonafide recién molido son odiosas), pero te lo dan en un vasito de papel. Y no tienen la más puta idea de por qué está tan mal hacerlo. No saben siquiera que está mal. No saben que se puede gozar mucho más del café con un mínimo de ceremonia. Aunque el café sea más berreta. Y te juro que trato de acostumbrarme, de amalgamarme, de incorporarme un poquito en la cultura que me rodea, así me siento un poquito menos extraño, pero es difícil, che. Con algunas cosas es muy difícil. Con nuestra cultura del café como un símbolo de tantas cosas al mismo tiempo, ¿cómo podés aceptar un vasito de papel? Todos sabemos que es lo único que se pareció a la vieja de Discépolo; ¿te la imaginás con vasitos de papel?
Pero, como siempre, me voy por las ramas. Volvamos al tema: el problema no es en realidad que te sirven el café en vasitos de papel. El problema es que no saben que es mucho mejor servirlos en una tacita. Y me puse a pensar en eso y terminé aceptando que en este país, el vasito de papel era realmente la única posibilidad. Si mirás como viven, te vas a dar cuenta que no tiene sentido perder el tiempo con tacitas de cerámica ¿Para qué? Así es como viven. De una manera muy práctica, muy eficiente. Si ves las casas es lo mismo. Podés pisar una mansión de 300 o 400 m2 que puede costar arriba de 1 palo verde y la sensación es la misma. Las paredes son de cartón. Mirás fijo a los muebles de la cocina y se desarman. Vas a un restaurant donde te matan 50-80 dólares por cabeza la cena (sin vino) y las plantas son de plástico. Es así. Y tratando de entender por qué, poco a poco llegué a la conclusión de que todos los pequeños detalles que hacen al entorno han perdido toda importancia. Sobre todo, aquello que da idea de continuidad, de estabilidad, de arraigo, es lo que más sufre. Como si se hubiera erradicado todo aquello que tiende a retenerte en tu lugar.
Y no debería ser sorprendente. Este es un país en el que la gente se muda cada 4-5 años. No de barrio, sino de ciudad, de estado. La gente consigue un trabajo un poco mejor pago en la otra punta del país y no duda en dejar todo e irse ¿Quién va a querer construir una casa de ladrillos si quizás en unos pocos años la tenga que vender para irse por un laburo? Pero el problema no se acaba ahí. Uno puede aceptar el café en vasitos de papel o casas de cartón y madera corrugada. Pero lo mismo pasa con las amistades. Con la familia. La gente no genera un vínculo duradero, real, profundo. Y eso tiene un motivo. La gente no lo genera porque es muy probable que ese vínculo se rompa en poco tiempo, porque uno o u otro se manda a mudar lejos, vaya uno a saber a dónde. Es preferible una mascota, que te la podés llevar. Un vínculo fuerte es un motivo de arraigo, y eso contraría la idea de éxito laboral al disminuir el incentivo a mudarse por un sueldo mejor. No creo que sea algo consciente, sino más bien una tendencia presente desde hace mucho tiempo, que gradualmente destruyó todo un aspecto de la concepción del mundo por parte del americano medio. Por ahí empezó con pequeñas cosas y con los años, gradualmente, fue evolucionando hacia lo que es ahora. Son tantas cosas las que uno puede identificar, los vasitos de papel, la calidad de la construcción, el cuero de los zapatos, los muebles, las plantas de plástico, las mascotas chiquitas.
Y más aún, es un todo que genera un estado de ánimo particular. La gente se concentra en el objetivo, olvidándose del resto. Parece que no, pero creo que está relacionado: Cuando la gente va a comer a un restaurant, la gente va a comer. El objetivo principal es la cena. Y eso es algo que me tomó un par de años entender. Vos sabés como es para nosotros: la gente va a juntarse en un lugar donde se come. El objetivo no es la cena, sino juntarse. Claro, comiendo bien siempre es mejor. Acá lo vés todo el tiempo: 1) el grupo llega bastante puntual, todos de distintos puntos y cada uno en un auto; 2) se juntan en la mesa que claramente estaba reservada desde hace varios días; 3) se saludan, y charlan 2-3 minutos antes de ver detalladamente el menú; 4) piden, y charlan un rato mientras esperan la comida; 5) la comida llega, en general después de una espera bastante corta; 6) se come, con distintos grados de charla, dependiendo del grupo; 7) se pide la cuenta y se paga, en general cada uno lo que consumió, no se divide; 8) la gente se despide y se va cada uno por su lado. Sin estirar la charla, sin sobremesas, sin cafecitos en otro lado. No es que siempre sea así, por supuesto, pero es una descripción de una reunión normal. Lo mismo pasa en las casas. Acá hay hora de llegada y hora de salida de las fiestas. Y se es puntual con ambas. Y cuando es una reunión, sin hora especificada de salida, la gente se va en masa después del postre. Lo único que hace falta es que se levante el primero, para iniciar una salida global. Te juro, se van TODOS. Al mismo tiempo. Increíble, pero es así.
En estas cosas pensaba ese domingo frío en el único café de Williamstown, MA. Seguramente la idea fue mutando en mi cabeza, porque creo que es inclusive del invierno (boreal) pasado. Por ahí me mande con una segunda parte, para decir todo lo que en realidad quise decir y no dije. Desarraigo, desinterés por ciertos detalles, incapacidad de generar lazos afectivos duraderos, diferencias fundamentales en el objetivo principal de una actividad social, como juntarse a cenar o tomar un café. Todo parte de un mismo fenómeno y que un día pensé que podía ser simbolizado por un café en un vasito de papel.

Ale

27 de febrero de 2009

Hola, qué tal por allá?

Por acá? Pfff... de maravilla. Por los putos trámites de residencia, permisos, visados... en cualquier momento me ven por BAires de nuevo. Y no es joda. :(

22 de febrero de 2009

Muchos domingos pienso en cosas que escribir, a veces surgen unas que extraño (bien) y hoy me topé con algo...

"...por un padre que nunca me reprimió ni me hirió fueron convirtiéndose lamentablemente en resignación y aceptación del inevitable parecido que había entre nosotros. Ahora, cuando refunfuño de algún imbécil, o protesto ante el camarero de un restaurante, o juego con mi labio superior, o arrincono determinados libros sin haberlos terminado, o beso a mi hija, o saco dinero del bolsillo, o saludo a alguien con actitud bromista y feliz, me descubro imitándole. No es que mis manos, mis brazos, mis muñecas o el lunar de mi espalda se parezcan a los suyos. Es algo que me asusta, (...) y me recuerda mis deseos infantiles de parecerme a él (...)"

-OHRAN PAMUK, "Otros colores", editorial Literatura Mondadori (2008), Barcelona, pág. 21.

A mi no me asusta, me enternece y estremece a la vez.

16 de febrero de 2009

Re: Caparros dixit

Me parece que la tendencia (universal) es mirar las pobrezas agenas y apenarse de ellas, para sentirse mejor con lo que uno tiene, o quiza, para no prestar atencion a las penurias propias.

Entonces los argentinos miraremos a los chicos africanos y diremos: "pobrecitos, voy a donar", Y sentados en el jardin de nuestra casa de barrio privado (no vaya a ser que algun chico que no es de nuestra clase o color pueda acercarse a la casa a querer jugar con nuestro hijo) enviaremos un cheque a alguna fundacion. Olvidandonos de nuestros chicos pobres, los mismos que viven en los barrios pobres justo afuera de nuestro barrio privado (esos que no queremos que jueguen con nuestro hijo), o los que viven en el norte del pais en condiciones sub-humanas.

Los españoles diran: "pobres los argentinos", olvidandose de que los salarios en España son de los mas bajos en la Union Europea. Los norteamericanos diran: "pobrecitos todos los que no son norteamericanos que no tienen nada, porque EEUU es el mejor pais del mundo", olvidandose de la gente en New Orleans que, mas de 5 años despues de Katrina siguen viviendo en trailers llenos de residuos quimicos (por supuesto proporcionados por el gobierno). Olvidandose tambien de los voluntarios que fueron a ayudar a desenterrar cuerpos cuando la caida del World Trade Center que, 8 años despues siguen sufriendo serios problemas respiratorios y no tienen asistencia del gobierno porque fueron voluntarios. Aun cuando el gobierno pidio la ayuda de voluntarios y cuando los voluntarios (y no voluntarios) quisieron usar barbijos o mascaras de oxigeno no los dejaron, asegurandoles que era totalmente seguro respirar el aire (en realidad lleno de asbestos y residuos quimicos) y les dijeron que no los usen porque no querian sembrar el panico. Mucho mas importante, olvidandose de quienes realmente estuvieron involucrados en el supuesto "ataque terrorista". Terrorismo fue, el tema es quienes fueron los terroristas. Olvidandose que el desempleo en EEUU ya alcanza las dos cifras (contando a la gente que ya no cobra seguro de desempleo, no porque consiguio trabajo, sino porque agoto el limite de dinero que podian recibir pero sigue sin trabajo).

Me parece que en lugar de mirar las penas ajenas deberiamos confrontar las propias y en lugar de hacer una donacion monetaria (la cual, todo el mundo sabe, no cambia nada) deberiamos pensar en que podemos hacer para conseguir un cambio de fondo. Las clases medias (en extincion) y bajas deberian unirse y luchar contra las clases altas, las elites politicas, cuya codicia y hambre de poder son los verdaderos culpables de los males antes mencionados. Poderosos, dueños de las telecomunicaciones, que llenan las noticias con boludeces hollywoodenses para que las barbaridades que hacen (ellos y sus amigos en el poder) pasen desapercibidas. Pero quien tiene tiempo de pensar en la sesion a puertas cerradas que el congreso estadounidense tuvo a principios del 2008 en la cual (segun informacion filtrada posteriormente) se discutieron la inminente caida del dolar y la posibilidad de implementacion de "Martial Law" (Ley marcial: supresion de los derechos y garantias individuales de los ciudadanos, gobierno militarizado, etc) Quien tiene tiempo de pensar en las empresas de telecomunicaciones entregando records de nuestras llamadas telefonicas e emails al gobierno. Invasion a la privacidad, totalmente anticonstitucional. Anticonstitucional dije? Que es eso? Que es la Constitucion? Quien tiene tiempo de recordar la respuesta a esa pregunta cuando Angelina Jolie esta embarazada por decima quinta vez? Sera nena? Sera varon? A que pais del tercer mundo ira a parir esta vez? Esas son las preguntas que nos hacemos. Y despues vamos y votamos a los mismos crapulas que perpetuan la extrema diferencia de clases y el genocidio de la clase media. Que fiasco.

Asi que les digo a aquellos que van a estereotipar o a fijarse en las penurias agenas: "miren para adentro y traten de poner su grano de arena para solucionar las propias, las de nuestros propios paises. Tiren la television por la ventana. No crean nada de lo que ven en CNN o Fox o en cualquier otro medio masivo, soporten la prensa independiente (si es que todavia queda alguna). Lo mas importante de todo, dejemos de culpar a los demas por nuestros problemas."

En particular a los paises con mayor afluencia de inmigracion les digo: "dejemos de culpar a los inmigrantes por nuestras penurias. No nos olvidemos que, por lo menos en el caso de los argentinos, los que emigran a España son los nietos, biznietos y tataranietos de aquellos mismos españoles que huyendo, algunos de la miseria de posguerra otros de los horrores de Franco, llegaron al Rio de la Plata en busca de oportunidades, en busca de una mejor vida para sus hijos, nietos y biznietos. Esos mismos que ahora vuelven a la madre patria en busca de las mismas oportunidades que buscaban sus antepasados. Bah, que al final somos todos primos. Todo en familia, y como buena familia disfuncional nos echamos la culpa mutuamente".

Ni para que mencionar a los colonizadores españoles, entre otros, que cambiando espejitos por oro devastaron la riqueza natural de sudamerica. O como creen que esa realeza, que todavia siguen teniendo, ensancho sus arcas a partir de fines del siglo XV? Y ahi esta la realeza, todavia disfrutando de los dividendos, pero a esos no se les echa la culpa, ah no, a esos se les besa la mano.

Miremos para adentro, asumamos responsabilidades, dejemos la boludez de lado, activemos la neurona y acusemos a los verdaderos culpables: los malos gobiernos y las elites politicas y sociales que abusan sin ton ni son de los trabajadores de las otras clases.

Joder, que la tia argentina se puso seria.

Besos para tutti.

(perdon por la falta de acentos, tengo un teclado yanqui)

13 de febrero de 2009

Caparros dixit

En Crítica lo pueden ver en la versión digital; igualito que acá, pero con comentarios de lectores que, obviamente, se putean entre sí. Es un texto que refiere a nuestra pobreza, sí la de Argentina, a su deriva, etc. Pero lo hace a partir del trato que recibimos en España. Me pareció, entonces, que venía al caso compartirlo. Un hallazgo las citas de Sarmiento (claro en mi mar de ignorancia habrá muchos tesoros hallables con sólo ponerse a leer). A propósito, en qué texto las encontraré? Alguien sabe?

Bueno, ahí va:

Soy español. Tengo documento español, mi padre fue español, viví en España muchos años, publico mis libros en editoriales españolas. Soy español y soy más argentino –para los españoles soy claramente un argentino–, y nunca entendí bien la relación entre nosotros y el día en que por fin me pareció que entendía algo estaba muy cansado. Corría el año inverosímil 2002, yo había llegado a Madrid dos o tres horas antes y mi primera reacción cuando vi aquel cartel fue una que me conozco bien: ufa, otra vez sopa. El cartel estaba pegado en la vidriera de una farmacia de la Puerta del Sol: en el cartel se veía la foto de un chico famélico oscurito con la barriga hinchada y yo pensé claro, el clásico mangazo para Haití, Burundi o Bangla Desh. Es lo que siempre hacen en estos países ricos: lavarse la conciencia tirando alguna miga a lo peor del Tercer Mundo. Yo ya sabía y no necesitaba saber más, hasta que –casi sin darme cuenta– lo leí: “Millones de niños argentinos sufren hambre”, decía el cartel. “Ayúdenos.” Fue un golpe: una confirmación. Esas cosas que uno sabe sin querer saberlas. Los españoles habían encontrado, por fin, después de tanto tiempo, el cajón donde ponernos.

Fuimos difíciles. Durante casi dos siglos fuimos tan difíciles. Después de la famosa independencia a nadie se le ocurrió deshacerse de los españoles con tanta furia hispánica como a nosotros, hijos réprobos. Mientras mexicanos, peruanos, colombianos se peleaban por ver quién hablaba mejor el castellano y corría con más valor los toros bravos, Sarmiento construía una idea de la Argentina basada en que había que rechazar a esos “bárbaros” culpables de todos nuestros males. “He venido a España con el santo propósito de levantarle el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el tribunal de la opinión en América”, escribió don Domingo cuando llegó en su Viaje, 1846. Y, después: “Allá no leemos libros españoles: como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga. (…) En la imaginación española no entra el progreso rápido, súbito, que transforma en los Estados Unidos un bosque en una capital. Lo que antes fue, será siempre: el rey y la república, la libertad y el despotismo, todos pueden pasar sobre los pueblos españoles, sin cambiarles la fisonomía árabe, berberisca, estereotipada indeleblemente”.

Aceptamos el mandato sarmientino: lo hispano era lo arcaico, la Inquisición, la violencia caudilla, y dejarlo atrás nos permitiría ser un país próspero y moderno. Para el primer centenario, el país rebosaba de dineros ingleses, tilinguerías francesas, tanos chantas y gallegos brutos. La Infanta que llegó a visitarnos decepcionó, como es fama, a la buena sociedad porteña, socarrona de escucharla hablar “con el mismo acento que un portero”. Pero vinieron, aún, tiempos peores; a mediados del siglo pasado España se convirtió, Franco y su dios mediante, en ese lugar oscurantista y desolado donde Juan Perón tenía que mandar a su señora con carradas de trigo para paliar el hambre, donde coger no era pecado sino milagro, donde se prohibían los libros que nosotros sí podíamos leer, donde profesionales e intelectuales como mi abuelo Antonio tenían que escaparse. Y así fue, todavía en ese espíritu, atemperado por un poco de Saura y de Serrat y Goytisolo y Paco Ibáñez, que muchos llegamos a Madrid y Barcelona cuando nos corrió la dictadura. Fuimos, otra vez, difíciles.

–Cuando yo tenía veinte años erais terribles. Insoportables.

Me dijo muchos años después un madrileño de cuarenta y tantos, productor de tevé, hablando de esos tiempos:

–Te metías en cualquier discoteca y siempre había un argentino acodado en la barra con la cabeza gacha, cara de tango medio rubia que ponía voz profunda y le contaba a la mejor chica que había tenido que dejar su país por la represión y que estaba solo y extrañaba tanto… Y así se las llevaban todas. ¿Yo qué les iba a contar? ¿Que mi madre no me dejaba llegar tarde a casa?

Es un ejemplo y era, entonces, la envidia. Llegamos asustados, reactivos, y nos dedicamos a mostrarles lo vivísimos que éramos. En esos días los españoles no sabían qué hacer con nosotros: nos querían un poco, nos envidiaban algo, nos odiaron. Empezaban a ser ricos, se las pelaban por volverse uropeos y modernos, y les pateaba el hígado esa manga de psicólogos periodistas publicistas y otros farabutes entrenados que llegaban a decirles que les faltaba mucho –pero les pedían, al mismo tiempo, comprensión y ayuda. Fue tormentoso: de esos años quedó la palabra “sudacas”. Después, con el tiempo, llegaron otros argentinos, sin conflictos de libertad sino de plata. España ya había terminado de volverse rica y supercool y se llenó de todo tipo de inmigrantes y la inmigración se convirtió en una de las preocupaciones principales de la gente de bien.

–Pero no es con vosotros, no me malinterpretes. No, con los argentinos no va la cosa.

Me tranquilizó otro amigo madrileño hace muy poco:

–El problema son los africanos. Vosotros sois como nosotros, podéis adaptaros perfectamente a nuestras costumbres. Yo respeto a los musulmanes, claro que los respeto, pero lo cierto es que aquí no pintan nada, no hay modo de integrarlos, no quieren.

Fuimos, entre tanto migrante, un mal menor –que ahora, con la crisis, puede agrandarse mucho. Pero, sobre todo, el cambio en las relaciones llegó porque pasó lo que pasó: se nos notó cada vez más el fracaso espantoso.

–Lo que yo nunca he entendido es cómo a un sitio con tantas riquezas le puede ir tan mal.

Te dicen en España todos todo el tiempo, y decidieron que ya no tenían que darnos un trato demasiado especial: que podían sacudirse los complejos, que éramos, al fin y al cabo, los ciudadanos de un país pobre que a veces pedían socorro para no pasar hambre y habían entregado la mitad de sus bienes a empresas españolas porque nunca aprendieron a arreglárselas solos.

Lo cual se hace más que evidente cuando nuestra presidenta va a en visita de Estado y se viste de estado para comer con sus reyes y jefes y nadie cuenta que se hayan discutido las exportaciones de dulce de batata ni los derechos de los productores de soja argentinos en Segovia ni los accionistas chaqueños del Banco de Bilbao. Los gobiernos argentinos hablan con los españoles para rendir cuentas sobre nuestros aviones, teléfonos, petróleos, gases, bancos, autopistas que están acá pero son de allá: los mecanismos que hacen que España tenga poder y dinero en la Argentina y que, sobre todo, haya encontrado la forma de tratarnos: como al hijo fracasado del marido, con el amor de la madrastra que temió la competencia y descubrió por fin que no la había, que alcanza con tolerarle algunos desarreglos. Ahora saben qué hacer con nosotros, no nos envidian, no nos odian: somos pobres, perdimos, jugamos en tercera. La compasión –la forma civilizada del desprecio– es garantía de amores muy feraces, facilitos. Ya la hemos conseguido: no era fácil. Y ellos, encima, la gozan, la bordan, la hacen plata